Capítulo 2 – Nave
de la venganza
La concentración era plena. Su
mente eran dos mentes, pero algo en su interior le impedía avanzar. Era como si
fuera genéticamente incapaz de lograrlo.
El Halio Kian se le resistía.
– ¡Ah...! – suspiró Glova al
despertar – No lo consigo. Es demasiado difícil para mí.
– Por fin te has dado cuenta – le
respondió Glacier, sentado en el sillón de enfrente – Hay algunas razas con más
capacidad psíquica que otras. Y está claro que la raza paria era de las más
avanzadas en este tema.
– Naciste con suerte – sonrió el
saiyan con la cabeza apoyada en el respaldo de su sillón. Parecía que una
prensa le estuviera comprimiendo el cerebro, tal era la extenuación mental que
causaba aquel entrenamiento.
– ¿Nací con suerte? – repitió
Glacier – Tal vez. Pero no logré adiestrar el Halio Kian sin mi esfuerzo
personal – le sonrió – He conocido pocas personas en toda mi vida que lograran
realizar la técnica, y ninguna alcanzó ni la mitad de lo que yo obtuve a base
de perfeccionarla.
– ¿Y por qué creíste que yo sería
capaz? – le reprochó el saiyan – Podrías haberme ahorrado horas de
entrenamiento malgastadas. Llevamos unos días de viaje y no hay ni uno que no
haya tenido migraña.
– Porque esta técnica no tiene
que ver con la fuerza, la energía o la rapidez del usuario, no se requiere el
uso del Ki ordinario. Además, desconozco la capacidad psíquica que tiene tu
raza. Quizás seas capaz. Lo dudo, pero quizás…
– Ya... – el saiyan no parecía
muy convencido.
– ¿Ves? Akkaia no se rinde –
señala Glacier a la chica que, sentada en el sillón restante del salón de la
nave, seguía en posición de loto. Noto cómo intenta penetrar en mi mente, como
tú hace unos minutos.
– No entiendo cómo puede aguantar
así sin que le estalle la cabeza – se quejó el saiyan mientras masajeaba sus
sienes con los índices de las manos.
– Los dos estáis mejorando, pero
está claro que vais muy lentos. Vuestra esperanza de vida no será suficiente.
– Ah, por supuesto – reprochó
sarcástico – Entonces… ¿También te dolía?
– Claro que sí – contestó el
praio, rememorando sus entrenamientos cuando era tan joven – Empecé a
interesarme por aquella técnica cuando comencé mi adiestramiento con los sabios
Liarios. Imagínate lo que tiene que ser usarlo una y otra vez en combate.
– No tengo ganas se imaginarlo –
el saiyan seguía masajeándose la cabeza.
– Lo usé contra Cell un par de
veces.
– ¿Contra Cell? – se interesó
Glova, como si ya estuviera perfectamente – Es decir ¿Cell era más fuerte que
tú y por eso te viste obligado a usarla?
Glacier se sintió un poco
insultado – Sí... Ehm... No. Puede que sí, pero hacía milenios que no combatía –
admitió –Estaba algo oxidado.
– Há – sonrió – Sabía que ese
bicho era realmente fuerte.
– Aun así – aclaró el praio –
debes saber que el Halio Kian no se restringe a circunstancias que te superan.
Es, simplemente, una técnica especial, inimitable, útil en casi cualquier
situación.
En Nuevo Namek, las aldeas
estaban destruidas, los campos de cultivo desolados y la población
considerablemente reducida. Todos los atrapados estaban ahora juntos,
aglutinados como un rebaño de animales. En aquellos momentos escuchaban a
Babidí.
– Tengo en mi posesión las siete
bolas de dragón – caminaba de un lado para otro, mirando al cielo y con las
manos en la espalda – Y necesito que alguien, algún voluntario, pida un deseo
por mí.
– Ya te hemos
explicado todo – le dijo Muuri, el único de los presentes que se atrevió a
hablar – Los namekianos somos leales a la bondad. No te concederemos ningún
deseo.
– Entonces acabaré con todos –
sonrió el brujo, intentando controlar su ira – Os daré una última oportunidad.
Quien pida mis dos deseos, podrá usar el tercero para su propio beneficio.
Tras unos segundos de silencio,
Babidí se hartó.
– ¡Me he cansado! – gritó furioso
– Dabra, mátalos uno a uno, puedes demorarte todo lo que quieras – se dirigió a
su siervo, que miraba a todo aquel grupo de extraterrestres con una sonrisa
maléfica.
– Espera – habló uno de los
namekianos, con voz temblorosa – Yo te concederé tus deseos – entonces se
adelantó un par de pasos. Muuri observó incrédulo a uno de sus hermanos,
negando con la cabeza su actuación.
– ¡Así me gusta! – exclamó el
brujo – Muy buena decisión – entonces, de la nada, hizo aparecer entre sus
manos una enorme bola de cristal – ¿Pretendes traicionarme a la hora de pedir
el deseo?
La pregunta pilló desprevenido al
namekiano – No, lo juro – una gota de sudor recorría su frente, justo entre las
dos antenas.
Babidí escrutó aquella esfera de
cristal y miró con odio al namekiano – ¿Crees que soy idiota? ¿Que se me puede
engañar así de fácil? ¡Pagarás las consecuencias! – entonces hizo un gesto a
Dabra.
– ¡No, espera! – pero ya había
recibido un escupitajo en el pecho y fue petrificado en pocos segundos.
– ¿Veis qué os pasa si intentáis
engañar al brujo más poderoso del universo? – decía cabreado – Vosotros lo
habéis querido. Os mataré de uno en uno, hasta que alguno de ustedes dé un
salto a la razón, a la supervivencia.
Dabra se acercó al grupo de
namekianos, que se apiñaron aún más, asustados. Muuri se encaró a Dabra – No
dejaré que hagas más daño a mis hermanos e hijos. Por encima de mí cadáver.
– ¡Ha! – gritó Babidí alzando su
mano contra Muuri.
En un instante, unas sombras
parecidas a espinos atraparon al líder y le inmovilizaron.
– Claro que van a sufrir – le
dijo el brujo – Y tú serás testigo de sus muertes. No pensarás que se me ha
olvidado que, si mueres tú, las bolas de dragón dejarían de existir – rió con
maldad el alien de baja estatura.
– ¡Por favor! ¡No! – gritó
desesperado Muuri, impotente ante tal terrible situación.
Dabra no podía dejar de sonreír
viendo todo aquel rebaño de víctimas de todo tipo de edades. Entonces en su
mano apareció como por arte de magia una espada reluciente – Que empiece la
diversión.
Al cabo de un día, Glova se
encuentraba en su dormitorio, compartiendo lecho con Akkaia, que estaba
abrazada a él entre las mantas.
– ¿Crees que te hará feliz matar
a Babidí? – preguntó por fin el saiyan.
– Por supuesto – respondió Akkaia
– Su vida es un veneno para el universo. Merece morir ¿Acaso no opinas lo
mismo? Deja de lado mis motivos personales, no son de tu incumbencia.
– ¿No lo son? – cuestionó Glova –
No somos mercenarios ni una especie de superhéroes sin ánimo de lucro. Creo que
si estamos embarcados en esto es prácticamente por ti.
– De acuerdo – admitió ella –
Tienes razón. Gracias por todo. Pero... Vamos, no lo niegues, Glova – le sonrió
– Desde hace varios meses tienes ganas de un buen reto, lo veo en tus ojos.
Glova desvió su mirada hacia el
suelo. Ella tenía razón. Khän le hizo ver que su instinto le pedía aquello, un
cambio de aires o, al menos, así lo interpretó él.
– Supongo que es cierto – le
devolvió la sonrisa.
– Hey, vamos a comprobar la
brújula – insistió Akkaia, que salió desnuda hacia el puesto de mando.
– Pero... ¡Espera! – el saiyan se
ponía unos pantalones tan rápido como podía para seguirla – ¡Vas sin ropa!
Cuando llegaron a los asientos de
pilotaje, comprobaron que el pelo seguía apuntando hacia la dirección donde la
nave iba a toda velocidad.
– Bien, vamos bien – se convencía
ella.
– ¿Cuánto queda para llegar hasta
él? – preguntó Glova a la piedra, que por un momento parecía que no iba a
contestar.
Para su sorpresa, una compuerta
se abrió en ella y asomó la cabeza un demonio rosado del tamaño de la palma su
mano.
– Está cerca – les dijo con voz
aguda y algo enfurruñada. Entonces agarró la apertura y la cerró con rapidez.
Los amantes se miraron sin
entender bien lo que acaban de ver.
Glova dio un par de toques donde
se encontraba la puerta de la piedra – Oye ¿Quién eres tú?
La puerta se volvió a abrir y
emergió de nuevo la cabecita con pequeños cuernos – Me llamo Apum – dijo con el
mismo tono de voz. En un abrir y cerrar de ojos, cerró de nuevo la escotilla.
– Eh, espera – insistió el
saiyan.
La puertecilla se abrió de nuevo
y salió Apum con una expresión de enojo, cruzado de brazos – ¿Qué quieres?
– ¿Cómo sabes cuánto falta? ¿No
puedes especificar cuánto tiempo queda para llegar al destino?
– Lo sé, porque lo sé – contestó
el demonio con una voz tan aguda como veloz – Y no – entonces cerró la piedra
del mismo modo que acostumbraba
– Hay un demonio dentro de la
piedra – afirmó retóricamente Glova.
– No es un demonio corriente – dijo
Glacier a sus espaldas – Es un Akujin.
Su intervención había sorprendido
a Glova y Akkaia, que no le habían visto antes. Entonces Glova sintió algo de
incomodidad al entender que Akkaia estaba desnuda frente a su compañero, un
suceso inusual cuya explicación sería bastante obvia a ojos de cualquiera.
– ¿Qué es un Akujin? – preguntó
Akkaia sin vergüenza alguna.
– Es un demonio de una casta
especial. Al igual que en este mundo existen tantas diversas razas, en el mundo
de los demonios también.
– ¿Y por qué vive en una piedra? –
volvió a cuestionar Akkaia.
– Es su trabajo, supongo. Para
eso le pagan. Tienen habilidades muy peculiares, pero no son peligrosos –
añadió al notar la mirada de desconfianza de Glova.
– ¿Cómo sabes tantas cosas sobre
los demonios y su mundo? – le preguntó Glova, curioso.
– Siendo Praio, me enviaron
alguna vez a planetas remotos para aclarar confrontamientos entre razas de
demonios de nuestro mundo y el suyo. Las razas antiguas nos conocemos entre
nosotros.
– ¿De qué raza es Dabra?
– Esa muy fácil – comentó
divertido Glacier mientras se acomodaba en un sillón – De la sangre real. Se
hacen llamar Demonios Reales. Es la raza demoníaca más poderosa, de ahí que los
líderes de ese mundo deban poseer ascendencia sanguínea de este tipo. Antes de
mi encierro en la Blantir, existían muchos de ellos, pero ahora parece que escasean,
vistas las circunstancias.
– Qué curioso – afirmó el saiyan.
– Voy a meditar – dijo Glacier,
como si se hubiera acordado de algo – Avisadme si llegamos a algún lugar.
Los dos compañeros restantes se
miraron.
– ¿No tienes frío? – se burló
Glova.
– ¡Pam! – sonó el puñetazo
de Akkaia en el hombro de su amante.
Glova se despertó y fue
directamente al puente de mando. Lo que podía verse en el espacio era un gran
planeta verde. El saiyan cogió la piedra entre sus manos y observó que el pelo
indicaba aquel astro.
– Qué extraño – pensó – El
registro imperial no reconoce el planeta.
– ¡Despertad! – anunció –
¡Estamos llegando!
Al aterrizar, la piedra soltó un
quejido – Oh, oh...
– ¿Qué ocurre? – le preguntó
Glova a Apum, pero no recibió respuesta alguna.
Los tres bajaron de la nave, pero
allí todo parecía desierto y no sentían ningún tipo de Ki.
– ¿Dónde se esconden? – le
preguntó Glova a la piedra, cuyo pelo ahora estaba recto, mirando al cielo,
como si estuviera estropeado.
En un instante percibieron todos
un solo Ki que se acercaba a ellos a toda velocidad.
– ¡Bastardos! – gritaba el
namekiano – ¿Quiénes sois y qué queréis? Aquí ya no hay nada que os interese.
– Tu eres... – afirmó sorprendido
el saiyan – ¡Un namekiano!
Cargot le miró confuso, pero
seguía estando alterado – Oh, no... – se desesperó Cargot al ver a Glacier tan
alto e imponente – Eres pariente del tirano Freezer, y vosotros sois sus
secuaces. Te reconozco, eres un saiyan.
Glacier sonreía por la situación
irónica, pero al momento se percató de que no era la mejor opción y deshizo la
sonrisa.
– ¿Qué? – entonces Glova unió
hilos – No, te equivocas. Él es de la raza de Freezer, pero no tiene malvadas
intenciones, yo soy Glova, un saiyan libre, no trabajo para nadie; y ella es
Akkaia... una... – se detuvo pensativo ¿Qué era Akkaia?
– No os creo – dijo Cargot –
Habéis venido a por las bolas de dragón, pero ya no están. Así que os podéis
marchar por donde habéis venido.
– ¡Espera un segundo! – insistió
Glova – Necesitamos explicaciones.
– No os diré nada – replicó el
namekiano.
– Por favor – insistió Glova.
– Gran Patriarca – se comunicó
Cargot mentalmente – Hay nuevos intrusos que dicen ser buenas personas, pero
entre ellos hay un saiyan y un pariente de Freezer. Me piden consejo, pero no
me fío de ellos.
– Tráelos ante mí – decidió Muuri
– Ya no queda nada que podamos perder.
– Acompañadme – ordenó Cargot –
Os llevaré ante el Gran Patriarca. Él sabrá si decís la verdad.
Entonces llegaron a un pueblo con
casas derruidas cerca de un gran terreno con sepulcros. Estaba claro que allí
se había cometido un genocidio.
Muuri estaba en medio de una
pequeña plaza entre dos casas.
Cuando pisaron tierra, Glova se
adelantó.
– Saludos, Gran Patriarca – os
aseguro que no tenemos malvadas intenciones. Tan solo estamos buscando a...
Entonces paró de hablar, porque
Muuri había alzado la mano – Deja que lea tu mente, saiyano, y creeré tus
palabras si son ciertas como aseguras.
Glova agachó su cabeza y dejó que
posase la mano verde en ella. Sintió que el Gran Patriarca ahondaba en su
memoria como un relámpago.
Entonces la retiró – ¡Conoces a
Son Goku! – exclamó el anciano.
– ¿Eh? – Glova estaba confuso –
¡Esto es Nuevo Namek! – exclamó recordando la historia de Goku, sus amigos y
los namekianos supervivientes que Piccolo le contó en la sala del espíritu y el
tiempo.
– Así es – confirmó Muuri,
apesadumbrado.
– ¿Qué ha pasado aquí? – quiso
saber Glova.
– Buscan al brujo – le aclaró
Muuri a Cargot.
El guerrero namekiano se sentó
entonces en el suelo – Os contaré lo que ocurrió – señaló el suelo como si
fuera tan cómodo como cualquier silla.
Todos se sentaron formando un
círculo y se dispusieron a escuchar la historia de la que Cargot había sido
testigo.
– Entonces caí al mar, casi
inconsciente, sin poder moverme. Creí que sería mi fin, pero entonces una
criatura marina me llevó en su lomo hasta una orilla cercana.
– El demonio acabó con todos mis
hermanos y mis hijos – continuó Muuri – porque nos negamos a usar las bolas de
dragón para el brujo.
– Nos han dado más problemas que
soluciones – criticó Cargot.
Muuri dedicó una mirada severa a
Cargot, como si hubiera dicho una blasfemia, pero su mirada se perdió en el
suelo; sabía que tenía razón.
– Maldito Babidí – susurró
Akkaia.
– Me dejaron vivir y se llevaron
las bolas de dragón.
– ¿Se han ido del planeta? – se
extrañó Glova mirando con enojo la piedra que sujetaba en su mano derecha –
¿Hacia dónde?
– El brujo entró en mi mente. Pude
evitar que contemplara mi pasado, pero sacó la información que él buscaba,
alguna manera de hacer realidad su deseo. Sabe de la existencia de otras bolas
de dragón y sabe que no requiere conocer el idioma namekiano.
– La Tierra... – murmuró Glova
emocionado. Entonces miró a Glacier – Volveremos a ver a Piccolo y a los demás.
Entonces volvió su mirada a Muuri, cuya expresión aflictiva denotaba la pérdida
y dolor sufridos – Os prometo – continuó entonces el saiyan – que reviviremos a
toda vuestra gente con las bolas de dragón de La Tierra.
– Desconozco lo que quiere ese
brujo, pero suponemos que, como Freezer hace años, querrá la vida eterna, ser
inmortal.
– Tal vez, pero sabemos que
persigue despertar a un monstruo que usará para sumir al universo bajo su
control.
– Siempre tan original – murmura
Glacier.
– Gracias – dijo el Gran
Patriarca tras asentir con la cabeza en modo de agradecimiento – No sabemos
cómo daros las gracias por esto.
– No os preocupéis.
– Un momento, creo que ya sé
cómo. Acércate, saiyan.
Glova, algo extrañado, le hizo
caso.
– No soy tan bueno como mi padre,
el anterior Gran Patriarca, pero he aprendido muchas cosas en estos años –
entonces puso su mano en la cabeza de Glova y una energía extraña recorrió su
cuerpo. Pero entonces retiró con rapidez la mano, como si algo le hubiera
asustado – Acabo de desbloquear parte de tu potencial oculto, pero... – vaciló –
tienes un vacío muy profundo, tienes un potencial incomparable a todo lo que
había sentido en mi vida – su expresión de severidad y miedo se transformó en
gentileza – Sé que nuestro destino está en buenas manos.
Glova sonrió.
Akkaia fue la siguiente, pero al
posar su mano en ella, Muuri sintió su habilidad inutilizada – Tu poder... No
me deja actuar – dijo Muuri sin comprender – Es como si no te perteneciera.
Akkaia se dio la vuelta – Creo
que ya sé por qué – sonrió ella.
– ¿Glacier? – le propuso el Gran
Patriarca.
– Déjelo – respondió el praio –
Conmigo no surtirá efecto.
El trío se despidió de los dos
últimos namekianos del planeta y se dirigió a la nave. Justo antes de entrar,
notaron a Cargot que volvía hacia ellos a toda velocidad hasta situarse
enfrente.
Bajó la cabeza a modo de respeto –
Me disculpo por mi comportamiento con vosotros. No debí juzgaros.
– No te preocupes, es normal que
nos juzgues tras vuestras experiencias.
– Vengo a pediros otro favor.
– Adelante.
– ¿Podría acompañaros?
– ¿A La Tierra? – se sorprendió el
saiyan.
– Sí. Me gustaría colaborar para
hacer realidad nuestro deseo.
– Esa excusa le ha valido a tu
Gran Patriarca ¿Verdad? – se dirigió Glacier por primera vez al namekiano.
Cargot le miró con sinceridad –
Y, personalmente, me gustaría vengar a mi pueblo.
Los tres compañeros se miraron
mutuamente.
– No causaré mucha molestia –
añadió – No consumiré vuestros víveres. Solo bebo agua.
Akkaia miró con compasión al
namekiano – Por mí que se venga – murmuró a sus dos compañeros – Tenemos una
habitación restante.
– Yo no tengo ningún problema –
añadió Glacier.
– De acuerdo entonces – aceptó
Glova – Vendrás con nosotros a La Tierra, pero no puedo traerte de vuelta.
– No te preocupes – dijo él
mientras agradecía con un movimiento de cabeza – Usaré las bolas de dragón para
volver a mi planeta.
– Subamos a bordo – insistió
Glova.
– Por cierto – dijo el namekiano
antes de subir – Mi nombre es Cargot.
Glacier sonrió – Bienvenido a la
nave de la venganza, Cargot.
Siento tanta demora!
ResponderEliminarIntentaré tardar lo menos posible en estas fiestas. ¡Feliz Navidad a todos!
Me agrada ver como se van añadiendo nuevos tripulantes a la nave.
ResponderEliminarAnsioso por volver a ver a Glova interactuar con los Guerreros Z
Está historia es genial
ResponderEliminarMuchas gracias! Me alegra que te guste!
EliminarSiento este parón. Pero es época de exámenes. Y trabajos a tope. La semana que vieneo la siguiente me pondré al día con esto de subir los capítulos.