Capítulo 11 – Un bramido libertador
En aquella especie de templo bajo
tierra, Akkaia no sabía qué hacer. Estaba nerviosa. En un instante, todo aquel
compañerismo que vio entre Glova y Glacier parecía haberse apagado.
El praio seguía apuntando amenazante
con su mano al maestro de Glova a quien, según le había contado el saiyan,
habían resucitado.
– Entrega lo que me pertenece –
insistió Glacier, calmado.
Khän le dio la espalda y se sentó en
el trono de nuevo – La Blantir – pidió entonces.
La cola de Glacier se elevó con la
esfera envuelta y se la dio.
Mientras tanto, Glova ya se había levantado
del suelo. El golpe de Glacier había sido certero, pero sabía que no había
golpeado sin control. Muy serio, volvía caminando hasta ellos.
Khän sostuvo la esfera en su regazo y
posó su mano en ella.
– Hizo un juramento y no puede darte
lo que deseas.
– Siempre hay una forma, viejo, y lo
sabes.
– Así es – su gran mano golpeó a la
Blantir, partiendo un pequeño trozo de ella. Cuando lo alzó, todos pudieron
observar que dentro del trozo de cristal transparente arrancado se encontraba
una joya morada de gran belleza – Pero le es imposible ofrecértela.
– Ya he cumplido condena – continuó
Glacier, ignorando a Glova, que volvía a su lado – He pasado una eternidad
encerrado, he salvado al universo del terror de un ser de gran maldad, he
logrado traerte a la vida y he aprendido de mis errores ¿Qué más debo hacer?
– No puedes hacer otra cosa que
escuchar lo que abrirá las puertas a tu deseo – Khän alzó la mano, ofreciéndole
a Glova el pequeño trozo de Blantir – Debes hacer de Glova un héroe tan
verdadero como aquel al que perdiste.
Glacier miró a Glova, molesto por lo
que acababa de concluir Khän, pero a la vez sorprendido y curioso por la
situación.
Glova tomó el cristal sin rechistar,
pero desconocía lo que estaba ocurriendo – ¿Qué hago con esto?
– Úsalo bien, como la última vez – le
respondió Khän.
– ¿Me lo pongo bajo la lengua? – se
extrañó – Pero... este tiene algo en su interior.
– De momento, te pertenece – aclaró su
maestro.
Glacier bajó la mirada y comprendió la
situación.
– ¿Cómo que de momento? – Glova
intentaba unir hilos – No entiendo nada... ¿Esta gema es lo que estás
reclamando?
– Sí, pero, aunque me fastidie, el
viejo tiene razón – posó su mano en la cabeza de Glova – Debo crear lo que
destruí. Debo hacerte brillar.
– No... te sigo.
– Seré tu entrenador – concluyó
Glacier, mirando de reojo a Khän – Así, con algo de suerte, la joya será mía de
nuevo.
– ¿En serio? – Glova parecía
ilusionado, aunque confuso – ¿Para qué necesitas esta piedra?
– No la necesito, simplemente es mía.
– Entonces... – continuó Glova
ignorando todo aquel lío – ¿Me pongo el cristal bajo la lengua, como la otra
vez?
Khän asintió y sonrió – Buena suerte.
– ¿Te vas? – preguntó incrédulamente
Glova.
– No.
– Ah... Me había parecido una
despedida.
– ¡Ejem! – intervino Akkaia, cansada
de tanta cháchara sin ningún sentido para ella.
– Perdona, ella es Akkaia.
La chica alzó la mano para saludar.
– Tú has nacido dos veces, al igual
que Glova... – le dijo el viejo.
– ¿Qué?
– No te preocupes, no siempre se le
entiende – aclaró Glova.
– ¿Aquí viviremos? – preguntó la chica,
incómoda por la situación y por el árido lugar.
– ¡Mis tutores! – pensó Glova
entonces.
– No. Aquí no. Nos vamos – le dijo
entonces a Akkaia – Glacier no puede venir – le explicaba – Alertaría a toda la
ciudad por ser familia de los Demonios del frío.
– Entiendo – contestó recordando el
resumen de lo que había vivido Glova – Nos vemos – saludó a Glacier y Khän, que
los miraron aburridos hasta que desaparecieron por la entrada de la sala.
– Un asunto interesante el tuyo con
ese muchacho – comentó Khän.
– ¿Cómo ha sido estar muerto? – le
preguntó Glacier, con cierto tono preocupado y sarcástico.
– Como volver a nacer.
– Definitivamente – sentenció el praio
– No temo a la muerte.
El viejo maestro sonrió.
Glova corrió y salió volando del
subsuelo, seguido por Akkaia.
– Creía que tu maestro sería alguien
más...
– ¿Menos raro? – concluyó su frase –
Yo tuve miedo la primera vez que le vi. Tu reacción es lo normal.
– Es como si me conociera... Como si
mirara dentro de mí.
– Como si fuera de la familia –
murmuró el saiyan, embobado mientras los altos edificios de la ciudad crecían a
medida que se acercaban.
– No, no me refería a eso.
– Perdona, estoy algo nervioso – su
voz parecía perdida, parecía que no le perteneciera – Mis tutores están en la
ciudad.
El Sol brillaba intensamente, como era
habitual en Glasq; y la ciudad, aunque transitada, no percibió la presencia de
los dos recién llegados, ya que sus velocidades no dejaban imagen que recibir
ante los ojos de la ciudadanía.
Su rapidez les condujo en un suspiro a
la puerta de un gran edificio. Se trataba del gran edificio de ciencia donde
Lachi y Nasera trabajaban y vivían desde el día en que aquella ciudad dejó de
ser propiedad del imperio del frío.
Entraron y se encontraron con el
guarda del edificio, que, impresionado por ver de nuevo al héroe de la ciudad,
se acercó a él con una sonrisa.
– Es un honor tenerle de nuevo entre
nuestro pueblo.
– Gracias – se limitó a decir Glova –
¿Están aquí mis tutores?
– ¿Se refiere a Nasera y a.…? Ehm... –
vaciló incómodamente mientras intentaba no posar su mirada en el pecho desnudo
de la recién llegada.
– Sí ¿Dónde están? – insistió el
saiyan.
– Ehm... En el hospital, señor... Sus
estados parecían graves cuando les dejaron aquí.
– Gracias – dijo él entonces,
cortante, mientras daba media vuelta y gesticuló a Akkaia que le siguiera – Si
veo que se encuentran recuperados, tendré una charla con ellos.
– Parece que no fueron tratados
demasiado bien – comentó ella.
– Lo supuse – dijo él sin mirar atrás
– Pero sabía que no los matarían. Se recuperarán.
Cuando llegaron al Hospital, los
encargados les guiaron a la sala especial donde los científicos estarían siendo
tratados de la mejor forma posible.
– Señor Glova – se le dirigió el
médico cuando este se disponía a abrir la puerta – Antes, debo comunicarle que
el doctor Lachi... falleció hace unos días.
La mano de Glova se había suspendido
en el aire, a mitad de recorrido de pulsar el botón que abriría la puerta.
La cabeza del saiyan se agachó
levemente, como si contemplara algo en el suelo invisible para los demás. Un
escalofrío recorrió su espalda y sus dedos temblaron involuntariamente.
– Su cuerpo no soportó las
consecuencias de la tortura a la que había sido sometido durante tanto tiempo –
añadió el médico con un tono apacible – Lo siento.
Akkaia se cruzó de brazos e intentó
dejar espacio a Glova caminando hasta la ventana más próxima y contemplando las
vistas mientras el sol bañaba su blanca piel con su dorada luz, haciendo
resaltar el color pirita de sus ojos – Qué tensión – pensó mientras procuraba
no mirar al saiyan. Aun así, no pudo aguantar mucho. A los segundos vio de
reojo al médico, pero Glova ya no estaba con él; había cruzado la puerta.
Nasera abrió los ojos vidriosos, su
boca estaba tapada por una máscara de oxígeno y su aspecto reflejaba con
exageración los defectos de la edad que, junto a su menor tamaño, la hacían
parecer mucho más debilitada. Cada brazo tenía acoplada una vía.
En cuanto reconoció a Glova, su
expresión facial se tornó animada y exaltada.
– Lachi ha... – pudo balbucear a
través de aquella máscara.
– Sí – contestó él, seriamente –
Lo sé.
Los ojos de Nasera se cerraron con
dolor y se abrieron para mirar de nuevo a su hijo adoptivo.
– Sabes, Nasera – comenzó Glova – Hace
meses visité un planeta lejano. Allí hay una criatura mágica a la que puedes
pedirle un deseo, cualquiera.
Nasera sonrió vagamente, con apenas
fuerza en su expresión.
– De locos, ¿eh? Pero tan real como la
muerte – continuó aparentemente calmado – Fui merecedor de aquel deseo, y le
pedí con todas mis fuerzas que me curara de aquella rara enfermedad que tanto
tiempo y esfuerzo os causó a Lachi y a ti para mantenerme vivo.
La facción de Nasera se volvió seria,
como si algo malo fuera a ocurrir, expectante por lo que estaba escuchando.
– Aquel ser me aclaró que no padecía
ninguna enfermedad – su labio tembló al decirlo – Además de eso, me desveló
toda la información referente a mi pasado y a mi relación con vosotros, mis
queridos tutores – los ojos de Glova no se apartaban de los de Nasera, que
intentaban evitarlos a toda costa – Entonces me percaté de lo mucho que os amé
a cambio de una identidad, de un nombre y de una vida. Y no fui para vosotros
nada más que eso... – una lágrima resbaló por su pómulo mientras apretaba sus
puños enguantados – Fui una espada que forjasteis, fui el arma de vuestra
venganza... No fui nada más que eso.
Nasera gimió intentando balbucear
algo, pero Glova siguió hablando.
– Sí, salvasteis mi vida. Pero a la
vez me la arrebatasteis. Fui vuestro experimento.
La doctora suspiró tras la máscara,
como si todo aquel monólogo le afectara.
– Ojalá Lachi estuviera vivo. Me
gustaría haberle visto una vez más y escuchar sus justificaciones que seguro
intentaría dar. Quizás me hubieran reconfortado, aunque supiera que no son más
que mentiras. Al menos, sé que diría algo, si pudiera.
Un silencio incómodo aisló la sala y
el saiyan reaccionó.
– ¡Mírame! – le ordenó.
Nasera posó sus ojos en los de Glova y
tendió su mano temblorosa, en forma de disculpas.
– Al final lo conseguisteis y aun así
quisisteis más de mí – continuó ignorando la mano – Creasteis a un super soldado
e intentasteis manejarme y manipular mi personalidad en torno a vosotros, pero
eso no ha sido tan fácil – entonces Glova se percató de que lloraba y usó su
manga para deshacerse de sus lágrimas – Parece que el destino tiene un extraño
sentido del humor – comentó entonces, contemplando las vías y la máscara que
llevaba la paciente y la mantenían con vida – No he venido a perdonar. Vine a
deciros que soy libre. Por fin, después de toda una vida de mentiras, lo soy.
Nasera parecía inerte, pero sus ojos
seguían pestañeando mientras contemplaba a Glova.
– Aun así. Os doy las gracias, aunque
Lachi no esté aquí para escucharme, por haberme enseñado todo lo que aprendí de
vosotros. Ya no... – tragó saliva, esperando que aquel nudo en la garganta
desapareciera – Ya no os necesito.
Nasera entonces alzó la mano hasta
quitarse la máscara de oxígeno por un momento para pronunciar claras (no sin
esfuerzo) sus palabras roncas – Lachi… y yo. Te queríamos – entonces su mano
libre se alzó con temblor, pasiva, pidiendo profundo perdón, esperando una
respuesta del saiyan.
Glova desnudó su mano del guante que
la cubría y vaciló más de una vez, también tiritando, antes de posarla en la de
Nasera. Sintió cierto calor y dejó de temblar; el calor del recuerdo. Se sentía
en cierta manera protegido, correspondido por ella. La tsufur sonrió
suavemente, sin mostrar su dentadura. Entonces habló de nuevo con voz débil.
–Lachi... Fueron ellos... Debes acabar
con todos – justo después volvió a tapar su rostro con la máscara.
Glova agachó la mirada, retiró su mano
como con miedo y la metió en el interior de su capa para sacar un objeto
metálico que dejó sobre las piernas arropadas de Nasera – Adiós – terminó el
saiyan antes de dar media vuelta y salir por donde había venido.
Cuando la puerta se cerró, Nasera hizo
un esfuerzo por erguir su cabeza para contemplar lo que tenía entre sus
rodillas. Era el scouter que Lachi dio por primera vez a Glova, cuando no era
más que un crío. Dejó caer su cabeza en la almohada con un suspiro y cerró sus
cansados ojos.
El saiyan continuó caminando, sin
percatarse de que Akkaia estaba detrás, siguiéndole por los pasillos del centro
médico.
– ¿Estás bien?
– He dicho todo lo que debía –
concluyó él.
Al salir del edificio, dos largas
filas de personas esperaban a cada lado al héroe Glova. Cada individuo portaba
una flor del desierto entre las manos.
El saiyan mantuvo su palma derecha,
aún desnuda, en el pecho como muestra de agradecimiento y comenzó a caminar. A
medida que iba sobrepasando a los ciudadanos, estos iban dejando caer la flor
que sostenían.
Akkaia estaba sorprendida. Ella seguía
a Glova por detrás e imaginó el gran bien que había hecho el saiyan por la
población, la cual mostraba su respeto de forma unánime y absoluta. Aquel
camino de flores fue la imagen más bella que había contemplado.
Cuando sobrepasaron a todos los
ciudadanos, aquel héroe levitó seguido de su compañera y se despidió con un
saludo de todos los presentes, cuyas miradas le siguieron con una expresión de
respeto y apoyo hasta que su figura se perdió en la lejanía de los cielos.
– ¿Sabes volver hasta la cueva de
Khän? – preguntó Glova a Akkaia.
Ella asintió con la cabeza.
– Querría estar un rato a solas.
– No te preocupes – entendió ella,
quien posó una mano en su hombro antes de continuar el vuelo.
Glova salió disparado y atravesó la
zona boscosa tan familiar, aquella que había sido una vez su hogar. Llegó hasta
un área rocosa, cercana a un manantial, hasta hallar una cueva: la cueva donde
sus tutores y él se habían refugiado ante el peligro de la población del
imperio, hacía ya años.
Dentro todo estaba oscuro, pero Glova
no tardó en crear una esfera luminosa de energía. En la profundidad de la cueva
encontró piezas y partes de aparatos metálicos en parte oxidados y, en un
rincón cercano a la pared de irregular forma, un gran cuadrado en el suelo de
un color algo más blanquecino que el resto del terreno y, a su lado, unos
cables gruesos llenos de polvo y arena. Allí fue donde la máquina Otsufur
estuvo instalada, allí fue donde Glova estuvo sobreviviendo durante varios años
mediante cables y sufrimiento.
Se tiró al suelo de rodillas y la luz
se apagó.
A su lado, sin él saberlo, estaba
Akkaia, quien le había seguido sigilosamente, ocultando su cuerpo gracias a sus
poderes.
Tras unos minutos de silencio, la luz
volvió y el saiyan salió de la cueva hasta llegar cerca del manantial.
En ese momento, Akkaia pensó que era
hora de dejarle realmente a solas y se fue con la misma discreción con la que
había venido.
Glova no tardó en tirarse al pequeño
lago y dejar fluir su energía. El agua no paraba de circular y burbujear al
rededor del saiyan. Un círculo de aquel líquido transparente discurrió en el
sentido de las agujas del reloj, rodeándole mientras sus cabellos y su cola
bailaban con la fuerza del viento.
En un segundo, alzó su cabeza y rugió
con fuerza al cielo. Su voz irrumpió la tranquilidad del desierto a kilómetros
a la redonda; el grito fue un bramido libertador.
Cuando paró, el agua cayó por la
gravedad y empapó la cabeza y el tronco de Glova. Por fin era una persona
libre; no había cadenas del pasado que le atenazaran ni mentiras sobre su vida
que le martirizaran. Por primera vez en su mente había comprendido quién era
realmente.
La luna en cuarto menguante iluminaba
como podía la extensión de dunas y vacío del desierto. Ya caída la noche Glova
se sentía mejor, más tranquilo.
Se adentró en la cueva de Khän y abrió
la puerta que le conduciría hasta la sala del trono de su maestro.
Justo enfrente del asiento de piedra,
de pie, le contemplaban sus tres compañeros. Khän, Glacier y Akkaia sonreían y
esperaban que se acercara a ellos.
– ¿Ocurre algo? – se extrañó Glova.
– ¿De verdad quieres seguir
entrenando? – cuestionó Glacier.
El saiyan, algo confuso, asintió.
– ¿Quieres controlar el estado de
Super Saiyan? – preguntó el praio, cruzado de brazos.
– Sí – sonrió él, algo más confiado.
– ¿Por qué? – preguntó Khän – Ya no
hay ningún peligro en el universo.
Glova agachó la cabeza y pensó un
momento antes de responder – Aún no soy el mejor.
Khän amplió sus comisuras y dio un
paso adelante – Akkaia y Glacier te ayudarán a conseguirlo.
– El viejo también cooperará – le
llamó la atención Glacier.
– Así que ya sabes quién eres – afirmó
seriamente Khän.
La mirada de Glova se perdió en los
grandes ojos de su maestro – Un saiyan... Un verdadero saiyan – pensó para sí
mientras sonreía y rozaba con la lengua la pieza de Blantir de su paladar.
¡Espero que os haya gustado!
ResponderEliminarAún nos queda mucho DBRedemption, pero Goova ya se ha deshecho de una fuerte carga a sus espaldas.