Capítulo 1
– Entrenamiento
La patada de Piccolo fue directa al pecho de Glova,
tirándolo al suelo.
Al dar una voltereta hacia atrás, el saiyan recobró el
equilibrio y se impulsó con las puntas de los pies. Su puño derecho alzado hizo
prever al namekiano el golpe, pero paró antes su acometida para abatir con un
rápido izquierdazo la mejilla derecha del luchador verde seguido de una patada alta en plena barbilla
Piccolo escupió sangre al suelo blanco y saltó
rápidamente hacia atrás. Lanzó sus dos manos hacia delante, con forma de
garras. Glova, sorprendido por el alcance flexible de los brazos de su
adversario, se colocó de lateral y abarcó con sus brazos en forma de candado
las largas extremidades de su adversario.
Las manos de Piccolo no se quedaron quietas,
sobrepasando al saiyan por detrás. Sus muñecas, al mismo tiempo, hicieron que
las palmas pudieran apuntar justo al dorsal del objetivo.
La ancha espalda de Glova recibió dos poderosos ataques de energía. La explosión empujó al saiyan hacia Piccolo, quien
le esperaba posicionado para, probablemente, dar una dura patada.
No tenía otra escapatoria; si soltaba los brazos,
Piccolo los usaría en el mismo instante en el que aflojara el agarre. Así que
optó por lo seguro: del pecho del saiyan emergió una luz azulada que se transformó
en una gruesa ráfaga de energía – ¡Oreia Kaiol! – gritó.
– ¡Mier...! – tan sólo pudo exclamar el namekiano.
– ¡Bam! – un gran estallido sacudió aquel mundo
solitario.
Cuando el combatiente verde se levantó, apuntó con su
mano al frente, mientras la otra sostenía su muñeca, como si la preparara para
el retroceso que originaría un arma nuclear en miniatura.
Glova le miraba cruzado de brazos, divertido. Su
armadura estaba chamuscada y el traje azul roto y magullado por varias partes.
Fue entonces cuando Piccolo se percató de que había
sido rodeado discretamente por seis esferas de energía que se movían
constantemente. El Gi púrpura del namekiano también estaba hecho trizas por
varias zonas, sobre todo por el pecho, donde acertó el último ataque del
saiyan. El agujero en sus ropajes dejaba ver un torso herido y sangrante.
– ¡Yiah! – exclamó cuando hizo estallar dos de
ellas atravesándolas con unos rápidos rayos escarlatas surgidos de sus pupilas.
Las otras cuatro esferas, en cambio, continuaron sus
trayectorias directas hacia él.
Tuvo que hacer varias piruetas para esquivarlas todas
y lanzar una ráfaga de energía que hizo destruir otra esfera de Ki, pero un
puñetazo inesperado envió a Piccolo hacia las tres esferas restantes, que explosionaron
en la espalda y el costado del namekiano.
Cayó al suelo rendido, intentando recobrar el aliento.
Glova se acercó a él y se dejó caer en el suelo – Goku
estaba en lo cierto. Nuestros niveles son muy similares.
Piccolo sonrió costosamente mientras miraba de reojo
bocabajo a su compañero – Tu técnica de combate... la energía corpórea o como
se llame... te da segundos de descanso muy valiosos para tomar aire.
– Así es – Glova miraba al cielo sin nubes, que se
mezclaba con el suelo en un falso horizonte – Supongo que cada uno tenemos
nuestras ventajas, ¿Eh? – cogió un brazo de Piccolo – Eres de goma – se burló.
– Bah... – se tumbó bocarriba – Viejos trucos que ya
de poco sirven contra adversarios como el que nos enfrentamos – dijo
masajeándose la sien.
– ¿Por qué dices eso?
– Tiene mis células.
– Es verdad. No me acordaba.
– Y su factor regenerativo es muy superior al mío.
– ¿Eres capaz de regenerarte? ¿Como un reptil?
– Ajá... Pero en pocos segundos, a costa de una
reserva de energía importante. Y lo peor es que, teniendo las células de Goku y
Vegeta, ese monstruo debe ser prácticamente invencible...
– Si te digo la verdad, me molesta más que pueda
regenerarse. Tener las células de dos super saiyans no es algo que me
impresione.
Piccolo miró de nuevo a su acompañante – No les temes.
– No. Parece que han olvidado el verdadero poder de
los Saiyans – su cola apareció danzando entre los dos.
– El Ozaru...
– Exacto – veo que no es nuevo para ti. Eso significa
que han usado antes la transformación.
– Cuando Vegeta vino a La Tierra como vasallo de
Freezer, intentó conquistar el planeta para hacerse inmortal con las bolas
de dragón. Yo morí en la batalla, pero me contaron que tuvieron que enfrentarse
a esa forma de simio gigante, cortando su cola. Goku y Gohan también pudieron
en su día, pero yo mismo tuve que arrancársela al pequeño porque perdía el
control. Lo mismo pasó cuando Goku no era más que un crío
– Fuisteis unos insensatos. No os imagináis el arma
que perdieron.
– Aun así – continuó Piccolo – Vegeta afirma que el
poder de un Ozaru no puede rivalizar con el del super saiyan.
– Eso que me lo diga a la cara. Estoy seguro de que
puedo con él.
– Se nota que eres uno de ellos – dijo Piccolo
levantándose.
– ¿Por? – aquel comentario no le había hecho ninguna
gracia.
– Eres igual de competente en el combate. Te molesta
haber perdido contra Goku, pero tienes otro as en la manga.
– Tengo más de uno – señaló al palacio – ¿Viste el
escudo que traje conmigo? Es muy especial. Mañana entrenaré contigo usándolo y
verás de lo que te hablo – entonces miró los grandes relojes de arena que
custodiaban la única infraestructura del lugar – ¿Cuánto tiempo ha pasado en La
Tierra desde que entramos?
– Pues si llevamos una semana entrenando, en la otra
dimensión no habrá pasado más de media hora.
– ¿Y tú estuviste un día entero aquí solo? Qué
aburrimiento.
– ¿Una semana? – se sorprendió Glacier – ¡Pero si no
han pasado ni treinta minutos!
– Lo sé – rio Dende, quien había superado un poco la
desconfianza hacia aquel demonio del frío.
– ¡Qué interesante! Este lugar es bastante asombroso.
Me gusta. Dijo paseando con el pequeño por el borde de la superficie de la
Atalaya – ¿En serio puedes ver lo que pasa en cualquier parte del planeta? –
preguntó mirando las nubes que rodeaban la estructura.
– Sí – contestó él – Más o menos. Hace un día que soy
el Dios de La Tierra. El anterior Dios, Kami–sama, se unió con Piccolo para
formar el guerrero que es ahora, con el objetivo de parar a Cell antes de que
absorbiera a los androides que necesitaba para adquirir su forma perfecta. Aunque ahora todo parece en vano.
– ¿Puedes mostrármelo?
– ¿Eh? – Dende no comprendía.
– Contémplale desde aquí; yo le avistaré a través de
ti.
Entonces el crío caminó unos metros al oeste para
mirar hacia abajo – Ya le veo.
Glacier se agachó y posó la mano en su cabeza verde
sin tocar sus antenas y cerró los ojos. La misma imagen que Dende podía generar
era reflectada en su mente.
– No se ha movido desde hace días – informó el
namekiano.
– Ya le veo. Sorprendente.
– ¿Qué es sorprendente?
– Esa criatura. La miro y casi puedo sentir su poder y
la conexión que tiene con mi especie.
– A mí me da miedo.
– Te entiendo, pequeño – apartó la mano de su cabeza –
Pero, como Dios, debes dar ejemplo y superar tus temores. Tenlo en cuenta – se
levantó y se dio la vuelta para regresar al Palacio, pero se encontró de cara
con un ser negro como el carbón que portaba un lujoso turbante blanco – ¿Y tú
quién eres?
– ¿Preparado?
– Esta vez iré en serio desde el principio – dijo
Piccolo maliciosamente, mostrando su colmillo característico cuando sonreía.
Glova posicionó el escudo y le desafió con la mirada –
¿A qué esperas?
El namekiano se abalanzó sobre Glova y golpeó al
escudo con el canto exterior de la mano – ¡Blam! – resonó en el metal,
pero apenas inmutó al saiyan. De hecho, ahora su mano resentía un dolor
creciente, como si fuera su extremidad la que hubiera recibido el impacto.
Glova aprovechó la reacción de sorpresa de su
adversario para girar y acertar con una patada en plena cara, tirando a Piccolo
al suelo y colocándose de nuevo de forma defensiva, con el blasón por delante.
– Es como si absorbiera el golpe – mencionó el
namekiano al levantarse mientras se masajeaba la mano dolorida.
– Algo así.
Entonces Piccolo alzó sus brazos, formando con su
cuerpo una cruz. De sus manos salieron disparados dos ataques de Ki que
tomaron una dirección circular hacia Glova, su objetivo. Este último tomó
la misma posición que el namekiano, con una mano abierta y con el escudo en la
otra, haciendo que los ataques chocaran estrellándose sin ningún efecto en la
palma diestra energizada y disolviéndose antes de tocar el metal protector en
la zurda.
Pero en el instante en el que las dos ráfagas llegaban
por los laterales, Piccolo lanzó por los ojos un par de finos rayos rojos que
acertaron en el pecho del saiyan, provocando su caída de espaldas.
El namekiano pegó un salto y desde el aire unió las
puntas de los dedos de ambas manos entre sí, como si enjaulara una esfera
invisible dentro de ellas. Una luz emergió del centro de sus palmas y lanzó una
bola de energía de un tamaño mayor al que se esperaría a priori. Fue directa a
Glova, que ya se levantaba, pero a mitad de camino el ataque se partió en dos
cuando el escudo del saiyan lo traspasó girando como si fuera un disco. Sin
parar su recorrido, el blasón atizó la frente de Piccolo, quien cayó al suelo,
como un trapo.
– Ahí tienes mi arma genuina – dijo Glova con dos
pequeños agujeros en la armadura que dejaban escapar algo de sangre. Aun así,
podía observarse que no eran heridas profundas
A miles de sistemas planetarios de allí...
– La última vez fue visto en el planeta Rown, hace 2
semanas – comentaba un sujeto de constitución terrícola a otro de más alta
estatura, pero más delgado y de piel naranja. Ambos disfrutaban de una
copa en un camarote de lujo dentro de un gran pub oscuro – Mató a varios héroes
de alto prestigio y se marchó.
– ¿Qué robó esta vez?
– Nada, que sepamos. Lo más extraño es que parece ser
que hizo lo mismo en otro planeta... Ice4 – leyó en su cuaderno holográfico –
Al menos, así lo sospechamos. Allí murieron los más duros de entre la población
izosca, con unas heridas y un estado cadavérico muy similar al de los héroes
asesinados en Rown.
– ¿Sabes qué significa eso, Toser? – contestó el otro.
– Hm... No – respondió tras pensar un poco.
– Significa que ya lo ha encontrado.
– ¿Qué? – se sorprendió – No puede ser.
– Entonces ¿cómo explicas ese extraño comportamiento? –
acercó la copa a su simple nariz para oler la bebida antes de saborearla – No
sabemos cuántos planetas ha visitado ya con el mismo objetivo.
– ¿Entonces crees que no cabe otra posibilidad? –
Toser parecía algo más nervioso de repente.
– Ojalá no sea así... – masculló molesto – Cliv fue un
imbécil. Si hubiera hecho lo que le aconsejamos, aún estaría con vida y quizás
tendríamos la situación bajo control.
– No sé, Oriam... Debimos haber contratado nosotros al
saiyan.
– Quizás aún podamos hacerlo... Tenemos toda la
información que Cliv descubrió sobre él a nuestra disposición.
– Sí. Pero si le enfadamos, nos matará a nosotros
también.
– Cliv era un negociante demasiado clásico y
tradicional; cometió el error de conocerle en persona. Yo no tengo intención de
hacer tratos cara a cara. Nuestra seguridad está a resguardada.
– También podríamos elegirle a él en vez de a uno de
esos monstruos.
– Ya lo hemos hablado, Toser – le cortó Oriam – El
controlador sólo funcionará con mentes débiles y simples – su mano de tres
dedos dejó la copa vacía en la mesa – Ahora debo hacer los preparativos – se
levantó y se dirigió hacia la puerta – Si estoy en lo cierto, la cuenta atrás
ya ha empezado.
– Menuda putada... – masculló Toser marcando un número
en el cuaderno holográfico – Mándame el controlador hoy mismo – ordenó cuando
supo que le escuchaban desde la otra línea – Dentro de poco lo necesitaremos.
Al mismo tiempo, en La Tierra...
Glacier mataba el tiempo observando el Planeta desde
la Atalaya junto a Dende.
– Magnífico planeta, pero el ser humano anda algo
perdido.
– Siempre existirá el mal para que el bien subsista, o
eso he aprendido.
– Con mucha razón, pequeño.
– ¿Tú no deseas luchar? – preguntó Dende sin reparos.
– Me gustan las artes de combate – sonrió – pero no me
atrae la idea de un combate a muerte.
– ¿Ni si quiera por la vida de un planeta?
El demonio del frío miró al chico y se sentó en el
suelo, dejando las piernas colgando al filo de la Atalaya – Ya he luchado por
más de un millar de planetas. Ya he ensuciado demasiado mis manos.
– Creo que toda muerte que evite un mal de nivel
planetario está bien justificada.
– Es posible. Pero no me arriesgaré a volver a asumir
tal responsabilidad.
– Si te gusta superarte a ti mismo, ¿por qué negarte a
entrar en aquella sala?
– No lo entenderías. Ahora mismo tengo ganas de
descansar entre la hermosura de este planeta. Quiero sentirme libre de estrés –
se tumbó en el suelo, de espaldas – Ya entrené mucho en su día, y volveré a
hacerlo cuando lo añore.
Y en otra dimensión...
– ¿Ves? – comentaba Glova sentado en el suelo con su
ropa hecha jirones – Usar esta sala hiperbólica sin alguien con quien entrenar
debe ser aburrido y, sobre todo, poco productivo.
– Puede que tengas razón – contestó Piccolo a su lado,
también con un look harapiento – Quizás desperdicié el año que entrené a solas
aquí.
– Pues sí.
– De todas formas, no conocía a nadie de mi nivel con
el que entrenarme. Los terrícolas como Krillin, Yamcha o Tenshinhan no están ya
a nuestra altura.
– Supongo que entonces no tenías opción. Pero en un
año podemos entrenar mucho. Te enseñaré todo lo que sé si tú me enseñas a mí.
– De acuerdo – sonrió Piccolo – Está claro que
deberías haber venido antes. A propósito – se limpió sudor de la frente –
Glacier está de nuestra parte, ¿Verdad?
– Sí. Sé que cuesta creerlo, pero confío en él. Aunque
no te mentiré; no estoy del todo seguro.
– ¿Por qué no quiere entrenar en esta sala?
– No lo sé, pero se ha pasado toda una eternidad
encerrado. Dudo que le interese meterse en otro mundo solitario.
– ¿Encerrado?
– Sí, en otra dimensión que, por lo que sé, debe
parecerse a esta. Llena de Nada, con Nada a su alrededor.
– ¿Quién le encerró?
– Es una larga historia, pero tenemos tiempo hasta
recuperarnos para el siguiente entrenamiento, ahora te la cuento – se levantó –
Voy a por un refresco – volvió su mirada a su compañero namekiano – Agua,
¿verdad? – Él asintió.
– Me caes bien. Te echaré hielo y todo.
A la mañana del día siguiente, la puerta de la
habitación del espíritu y del tiempo fue abierta. Piccolo y Glova salieron tal
y como entraron. Sus ropas estaban en perfectas condiciones y nada
aparentemente había cambiado en ellos.
Mr. Popo les esperaba con Glacier y Dende a su lado.
– Bienvenidos – les recibió este último – ¿Habéis
progresado mucho?
– Claro que sí – dijo Glova sonriente.
Piccolo miró de reojo a su compañero. Estaba seguro de
que no sería suficiente para combatir al bioandroide.
– Los dos – continuó la respuesta del saiyan – Hemos
mejorado gracias al trabajo en equipo.
– ¿Podréis con Cell? – preguntó el niño namekiano.
– No te cueles, pequeñín – contestó Glova – Ni Piccolo
ni yo hemos enfrentado a su nueva forma.
La sonrisa de Dende se desvaneció – Bueno, no pasa
nada. Confío en vosotros.
– ¿Estás seguro de que no quieres entrar? – se dirigió
Glova a Glacier – Aún puedo estar ahí dentro un día más.
– No me interesa.
– Vamos, será divertido.
– Quizás para ti.
– Bueno. Como prefieras.
Cell, mientras tanto, no se movió – Qué aburrimiento.
Quizás diez días fueron demasiados...
Los cuatro días restantes a Los juegos de Cell,
Piccolo y Glova descansaron físicamente y sólo entrenaron entre ellos a través
de la meditación.
Glacier, a su vez, se entretenía con Dende. El pequeño no paraba de contemplar los bellos paisajes que el planeta ofrecía a ojos de Dios, y el gigante blanco disfrutaba de las vistas con él. Ambos descubriendo
un nuevo mundo lleno de vida y muerte.
El tiempo pasó rápido para los futuros participantes
del torneo, pero lento para el anfitrión del mismo. Así, el día en el que la
cuenta atrás acabó, fue él quien mayor emoción sentía.
– ¿Quiénes serán esos dos nuevos luchadores? – se
preguntaba Cell – ¿Cuánto habrán mejorado todos? – pero, sobre todo, y lo que
más le animaba – ¿Estará Goku a la altura? – sonreía – Rápido, chicos, el
torneo empezará dentro de pocos minutos – pensó para sí.

¡Gracias por la espera!
ResponderEliminar¡Volvemos con la tercera temporada de Dragon Ball Redemption!
(Y con un modesto dibujo).
Espero que os parezca cada vez más interesante =D
Los Juegos de Cell están en bandeja. ¿Cómo transcurrirá esta vez?