Capítulo 4 – Segundo
nacimiento
Glova cumplió 5 años en la
primavera de aquel planeta. Su cuerpo había crecido, pero parecía muy flacucho
y desnutrido al no usar sus músculos para absolutamente nada. Otsufur actuaba
en ellos a través de electroshocks para mantenerlos vivos y no atrofiados y,
para evitar problemas de riego sanguíneo, Otsufur se encargaba de masajear el
cuerpo de manera constante mediante chorros líquidos programados.
– Hoy es el cumpleaños de nuestro
soldado – dijo Nasera por la mañana al ver a Lachi desayunando.
La estancia que habitaban había
cambiado mucho en cuatro años. Todo había sido adaptado a sus necesidades tanto
como los materiales que podían conseguir hacían que fuera posible un desarrollo
tecnológico en variados aspectos del hogar.
– Lo sé, lo mencionaste ayer
mismo – contestó Lachi, calmadamente – Hoy le sacaremos para que vea el mundo
tal y como es aquí.
– Recuerda decirle que estamos
aquí de viaje, que este es un sitio nuevo donde poder aprender cosas nuevas, etcétera
– Nasera lo tenía todo planeado. Los recuerdos artificiales programados hasta
estos momentos le harían pensar que vivía en una pequeña casa con las dos
familias completas de ambos doctores, y que había estado enfermo las últimas
semanas, algo que justificaría su estado físico actual.
– Lo sé, tendremos que ponerle
ejercicios físicos, que corra y juguetee por ahí para que coja forma – replicó
Lachi – Joder, que parece de otra raza de lo delgado que está.
Nasera finalizó y apagó el
programa de memoria artificial instalado en la máquina y dejó paso a su
compañero para que desconectara del todo a Glova.
El científico vertió el dañino
líquido rojo a un contenedor preparado para tal fin y abrió la tapa del ataúd
que tenía grabado en una esquina la palabra “Otsufur”. A continuación, se
dedicó a quitarle los cables y las vías a Glova. La piel del niño era tersa y
suave, pero sus huesos resaltaban más que cualquier otra cosa. Recogió al
chiquillo y entre los dos lo secaron y lo vistieron, lo tumbaron y lo
arroparon, lo contemplaron y lo odiaron.
Sus cabellos habían crecido hasta
llegarle a la altura de su nuca y se habían estabilizado en aquel punto. Como
cualquier saiyan, su peinado no cambiaría más y permanecería así. Su cola
seguía siendo unos centímetros más larga de lo que solía ser normal a su edad y
su cuerpo tenía una tez blanquecina, más clara que cuando llegó a Rom.
– Dejemos que se recupere un poco
y mañana le despertaremos para ver cómo reacciona – propuso Lachi.
– Está bien – aceptó Nasera – Aunque
no creo que sea necesario.
– Deja al chaval tranquilo hasta
que se despierte – Lachi parecía serio, pero igual de calmado que siempre – Aún
requiere algo de delicadeza.
Por la noche Nasera no pudo
dormir. Fue a la habitación preparada para despertar a Glova cuando de repente
oyó gritar una voz aguda.
– ¿Glova? – la doctora entró en
la habitación sin hacer mucho ruido.
– ¿Ah… Nass… Nasser…ra? – balbuceó
Glova despierto, sentado en la cama, tiritando.
– Glova, Ya estás bien – le dijo
ella – No tienes que preocuparte – susurró mientras se sentaba a su lado – Es
normal que no puedas hablar sin dificultades.
– ¿Doon…don…dónde ztamo? – la
confusión de Glova era obvia.
– Estamos en un sitio donde vas a
ponerte mejor. Un nuevo planeta perteneciente al imperio – mintió Nasera sin
pudor – Los saiyans nos dieron unos días libres y hemos pensado que sería lo
más beneficioso para todos.
Glova se sentó mejor al recordar
la educación que le habían enseñado – Cuzdi… y D…Dion también… ztán aquí? –
preguntó el crío, pensando en sus amigos.
– No – responde Nasera – Cushdi y
Dion no han podido venir esta vez. Ya los veremos cuando volvamos.
Cushdi y Dion eran los hijos que
habían tenido Lachi y Nasera con sus respectivas parejas y que la doctora no
había dudado en introducirlos en los recuerdos de Glova.
– Me duel…le todo el… el cuerpo –
susurró Glova secándose una lágrima del ojo sin que Nasera lo pudiera ver.
– No pasa nada, son los
medicamentos, mañana te pondremos en forma. Ahora intenta descansar.
Glova hizo caso. Se acostó de
nuevo y cerró sus doloridos ojos en la oscuridad más profunda en la que había
dormido hasta ahora.
Al día siguiente, Lachi y Nasera
esperaron a Glova para desayunar – Necesitarás nutrientes, Glova – le dijo
Lachi mientras el crío daba traspiés hasta llegar a la mesa, moviéndose como un
pato.
– Tranquilo. Y come el desayuno
sin rechistar – aquellos primeros tratos no eran los primeros para la mente de
Glova, pero sí para los doctores. Le estaban probando. A él y a la eficacia del
programa.
Glova empezó a comer un puré
extraño que había en su plato – Hasta que te recuperes, no podrás comer comida
normal – le dijo Nasera.
– Sí – respondió Glova – Gracias.
Cuando terminaron, dieron un
paseo por la zona para que el saiyan se acostumbrara al cuerpo que nunca había
usado.
– ¡Eso es, Glova! ¡Corre,
muévete!
Pasaron un par de días y el
saiyan comía cada vez más. Su cuerpo empezaba a coger forma. Una forma poco
natural para su edad, bastante definida.
Era un chaval reacio para
entablar una conversación con sus tutores, a los que consideraba sus maestros y
sus profesores. Pero era obediente y le gustaba entrenar, como su naturaleza
saiyana le exigía.
– Joder, no sabía que fuese tan
fuerte – decía Nasera.
– Su nivel ya supera las 13 mil
unidades – contestó Lachi – Es normal.
Nasera estaba pensativa viendo a
Glova desde lejos meditar tal como le habían enseñado a través de los recuerdos
artificiales – A este paso… podría superar a…
– No digas tonterías – le cortó
su compañero – Según mis cálculos, su límite llegará en algún punto de su adolescencia.
Estos incrementos de nivel no son infinitos.
– No creo que tengas pruebas
suficientes.
En general, Nasera era más
optimista que Lachi en lo que respectaba al plan de venganza que trazaron.
– Sus incrementos de poder no son
tan grandes como antes y, según tengo entendido, su cercanía a la muerte la
tengo bien estabilizada – argumentó Lachi – Algún día se acabará el chollo y
tendremos que conformarnos con lo que tengamos.
Al quinto día de su despertar,
Glova se había recuperado tan rápidamente que Lachi y Nasera optaron por
comenzar con el entrenamiento más duro en vez de aplazarlo. Entre otras cosas,
porque el saiyan había dominado el vuelo prácticamente sin entrenamiento alguno
y en un principio creyeron que tendrían que enseñárselo con mayor dificultad.
En base a los entrenamientos que
realizaban los saiyans jóvenes en el planeta Vegeta, Lachi y Nasera
construyeron unos cuantos robots de armamento para que Glova tuviera un desafío
adecuado. Fueron a una zona desértica, donde no causaran destrozos en áreas
selváticas y se prepararon para el ejercicio.
– Glova, intenta esquivar o parar
los disparos láseres de los robots que hemos fabricado – alzaba la voz Lachi –
Si te parece demasiado fácil o difícil, comunícanoslo.
Glova asintió desde el aire,
preparado.
– ¡Ya! – gritó el doctor.
Los seis robots empezaron a
disparar ataques láser a una velocidad sorprendente. Glova empezó a moverse con
tal soltura que Nasera y Lachi solo pudieron detectarle con los scouters,
intentando seguir una velocidad demasiado alta para su vista.
Glova se sentía muy bien. El reto
que le ponían sus maestros era muy fácil para él, y se sentía capaz de
enorgullecerlos verdaderamente – Aunque – pensó – Quizás me están probando por
si he empeorado por mi enfermedad. Debo decirlo.
Mientras seguían intentando
detectar los movimientos de Glova en sus localizadores, oyeron su voz – ¡Es
demasiado fácil! – tuvo que gritar el pequeño para que le oyeran por encima del
ruido que provocaban los robots al disparar.
Lachi cesó el ataque – ¿Demasiado
fácil? No esperaba menos. Voy a subir la dificultad.
Los robots abrieron otras dos
compuertas cada uno, preparadas para disparar. Lachi puso al máximo la potencia
del disparo para que tuviera que recurrir a mucha más velocidad.
– ¡Ya! – gritó por segunda vez el
científico.
Los robots comenzaron a disparar
siguiendo los movimientos de Glova. Emitían los láseres tan rápidamente que los
doctores solo veían un hilo láser (en vez de un gran número de luces)
parpadeando en cada uno de los cañones.
Glova comenzó a esquivarlos con
algo más de duda en sus movimientos. Los robots no disparaban únicamente en el
lugar donde él se encontraba, sino en los posibles lugares de escape que podía
usar el saiyan para evitar ser dañado.
– Esto solo será un calentamiento
– pensó Glova – Es demasiado… fácil.
– ¡Demasiado fácil, maestro
Lachi! – oyeron gritar al saiyan.
– Vaya – soltó el doctor mientras
pulsaba otros botones.
Los robots abrieron otra
compuerta con otro par de cañones cada uno y comenzaron a disparar.
Glova notó el cambio, pero aún
estaba lejos aquella prueba de la verdadera velocidad que podía alcanzar.
– ¡Avísame si es aún poco! –
gritó Lachi.
Glova se paró en seco y abrió sus
brazos. Los disparos empezaron a colisionar en su cuerpo, por todos lados.
Lachi y Nasera se asustaron por
aquellas explosiones. El científico paró el ataque. El humo provocado por las
explosiones láseres se disipó rápidamente y vieron al crío con la ropa algo
chamuscada, mirándolos.
– Lo ziento – dijo Glova – Era
demasiado poc…poco. Quiero demostraros que sigo siendo el mismo. Tengo la misma
fuerza que antes, os lo demostraré si me lo pedís.
Los doctores se miraron
mutuamente – Está bien, Glova. Demuéstranoslo.
Glova aterrizó y empezó a
concentrar su poder. Una energía azul blanquecina cubría su cuerpo y los
doctores sintieron la tierra temblar bajo sus pies. En un principio sabían lo
que estaba haciendo: estaba acumulando energía de forma controlada para
hacerles ver hasta dónde podía llegar. Activaron entonces sus scouters, pero el
nivel que estos marcaban era más del doble del que observaron la última vez en
Otsufur – Imposible… - susurró Lachi. El temblor del suelo se hizo más intenso.
Aquel poder se acercaba al poder de saiyans jóvenes en estado de Ozaru.
Nasera empezó a tiritar. Esas
vibraciones le recordaron a la destrucción de la ciudad natal. Los Ozarus
tuvieron que concentrar un gran poder para atravesar los escudos magnéticos que
usaban los Tsufurs. En aquellos momentos, la superficie temblaba de la misma
forma, provocando una tensión parecida.
Entonces ella se agachó y cerró
los ojos, dejando el scouter a su lado.
Glova paró – ¿Ha ocurrido algo? –
¿Le hice daño? Creía que contro…controlaba las ondas hacia vuestra dirección
para no haceros nada…
Lachi se postró para comprobar
qué le pasaba a su compañera.
– Estoy bien – dijo ella – Seguid
sin mí – entonces se levantó y se fue caminando a paso ligero.
– No le has hecho nada, Glova.
Ahora vuelvo, descansa un momento – Lachi intentaba calmar la tensión del
ambiente – Ahora seguimos.
El científico siguió a Nasera
hasta dentro de aquello que ellos llamaban casa.
– No puedo hacerlo – dijo la
doctora – Le odio con todo mi ser.
– Lo que te pasa es que no estás
del todo bien – le respondió su compañero – Te has visto afectada cuando ha
acumulado tanto poder. Deberías estar orgullosa, este niño podría matar al Rey
Vegeta sin problemas.
– ¿No entiendes que me dan ganas
de meterlo en Otsufur sin sedarlo? – decía Nasera con lágrimas en los ojos –
¿No entiendes que quiera que sufra lo que nosotros? Me recuerda a ellos porque
es uno de ellos, era obvio que me costaría cuidarle de cualquier forma.
– Nasera – habló calmadamente
Lachi – Él es nuestra llave a la libertad y a la venganza que deseamos. Haremos
justicia a través de su mano. Ahora vete a descansar o algo. Yo seguiré
entrenándole, si puedo.
Lachi volvió al campo de
entrenamiento, pero Glova no estaba allí. Miró de un lado a otro y paseó
preocupadamente buscando por el árido paisaje. De repente, lo vio al lado de
uno de los grandes árboles secos que crecían en aquella zona desértica. Estaba
sentado con la cabeza entre las piernas. Lachi se sentó a su lado y pudo
observar que estaba llorando.
– ¿Qué te pasa? – le preguntó con
su relajada voz.
– ¿Le… le hice daño? – preguntó
con un nudo en la garganta.
En ese momento pilló a Lachi
desprevenido. No se esperaba aquella reacción – Se preocupa por Nasera… - pensó el doctor para sí.
– Tranquilo, no ha sido por tu
culpa. Tiene otros problemas.
Glova no dijo nada.
– Al fin y al cabo, es normal –
se decía a sí mismo – Para él, somos sus tutores, lo más parecido a una familia
que posee.
– Se podrá bien, ¿no? – preguntó
Glova mirando al suelo.
– Claro que sí. No es nada – le
tranquilizó Lachi, mientras posaba una mano en la espalda del chico – Venga,
sigamos con la instrucción.
Cuando volvieron al campo de
entrenamiento, Lachi puso en funcionamiento los dos últimos robots que poseían
para complicar más el esquive del saiyan. Aunque finalmente solo consiguió
entretenerle un poco. Glova era más rápido y poderoso de lo que pensaron sus
tutores a priori.
– Bueno – soltó Lachi tras una
hora intentando complicar el ejercicio de Glova – Ya veo que sigues igual de
poderoso, y eso nos alegra. Pero no es suficiente. Quiero que entrenes todos
estos días por tu cuenta, ya que aquí no tenemos los medios suficientes como
para entrenarte.
Glova se consideró entonces
importante. Sus recuerdos estaban borrosos. Nunca había sentido tanto poder
como tenía en esos momentos y se estaba divirtiendo con Lachi. Nunca se había
sentido realmente especial cuando entrenaba en su planeta natal, porque entre
los demás saiyans de su escuela no destacaba realmente. De hecho, Glova ni se
imaginaba lo peculiar que llegaría a ser.
¡Muchas gracias! Espero alargar esto bastante porque la estructura de la historia está esencialmente hecha. Sin embargo, a estas alturas no sabría decir en cuántos capítulos quedará dividido.
ResponderEliminarEn principio no considero a Super canon en DBRedemption, pero no descarto nada de su influencia por ahora.