Capítulo 10 - Legado

 

Capítulo 10 – Legado

 

El ataque de Dabra siguió su camino hacia el horizonte sin toparse con ningún obstáculo que lo hiciera estallar.

 

Piccolo había sido teletransportado gracias a Kibito que, a su espalda, mantenía una mano en el hombro del namekiano, preparado para utilizar el Kai Kai cuantas veces hicieran falta.

 

– Qué escurridizo – murmuró Dabra molesto cuando esquivaron una segunda bola de fuego.

 

En el siguiente instante, Akkaia le atacaba de frente. La patada fue directa al cuerpo del demonio, pero este paró el frenesí con facilidad.

Antes de que Dabra pudiera contraatacar, Shin no se demoró más y lanzó varios golpes de Ki a su rival. No se esperaba unos ataques como aquellos, a larga distancia.

 

Acertó en la cara del demonio, pero este volvió la vista hacia otro lugar: a decenas de metros de él, sintió cómo la energía de Piccolo aumentaba rápidamente. Se había percatado de que estaba ejecutando una técnica de gran potencia.

 

– ¡Se ha dado cuenta del plan! – comunicó Shin mentalmente a su grupo al observar su interés en el namekiano.

 

– ¡De eso nada! – exclamó el Dakka, algo más furioso.

 

Pateó con dureza la cara del dios, tirándole a la nieve y, tras esquivar un par de puñetazos de Akkaia, agarró su brazo y le pegó un rodillazo en el vientre, dejándola sin respiración en el suelo.

 

Volvió su mirada de nuevo a Piccolo, tomó aire y expulsó una veloz llamarada que evaporó todo a su paso. Cuando el vapor se disipó, dejó ver todo el recorrido del ataque, pero su objetivo no estaba allí. Un escalofrío recorrió su espalda y se giró. Piccolo, en la misma postura, continuaba acumulando energía, ahora en otro lugar.

 

– ¡No dejaré que juguéis conmigo! – se enojó – Me moveré tan rápido que ni me veréis.

– ¡Plaf! – una bola de nieve se estampó en su cara.

– A mí sí que no me vas a ver – escuchó la voz de Akkaia por su alrededor.

 

Dabra miró por todas partes, pero no sabía por dónde había venido aquella burla. Entonces comenzaron a caer los golpes.

 

– ¡Pam, Pam, Pam! – un codazo por allí, una patada por allá... Akkaia, ahora invisible y flotando en el aire para no dejar ninguna huella en la nieve, atacaba frenéticamente al demonio.

 

– Es la mejor manera de ganar tiempo – se dijo a sí misma.

 

– ¡Yiaaah! – Dabra expelió una gran cantidad de energía, que repelió a la taulin y lo rodeó de una extraña aura rojiza – ¡Estoy harto!

 

Akkaia vaciló antes de volver a la carga, pero fue una mala decisión. Dabra agarró el puño atacante y abrió los ojos, que hasta ese instante permanecieron cerrados.

 

– Puedo oír tus movimientos en el aire – dijo inesperadamente con una voz calmada y susurrante.

 

Acto seguido, Dabra acertó un fuerte puñetazo en la cara de su rival y la hizo caer al suelo, visible e inconsciente.

 

El demonio sintió entonces un inesperado golpe en la espalda que le hizo caer de bruces al suelo.

 

– ¿Tenía que doler? – murmuró al levantarse rápidamente y parar en seco la siguiente patada del namekiano desnudo – Regenera esto – le provocó con burla antes de apalear su cuerpo como si fuera un saco de boxeo.

 

En pocos segundos, Cargot no podía más. Su dañado cuerpo roto apenas tenía fuerzas para moverse. Por último, el Dakka recogió del suelo a su víctima agarrándola por el cuello – Adiós – le dijo sonriéndole mientras lo estrangulaba cada vez más fuerte.

 

– ¡No! – gritó desesperado Shin, quien se acababa de reponer del último golpe encajado. De su labio caía un hilo de sangre que goteaba desde su barbilla.

 

Dabra dejó caer al namekiano al suelo y miró de nuevo a Shin. Sin embargo, sintió de nuevo ese escalofrío. Detrás de aquel dios, los dedos de Piccolo almacenaban más y más poder, tanto que decidió pasar lo antes posible a la acción.

 

– ¡Zip! – el demonio apareció justo enfrente de Shin y le pegó un fuerte revés que lo noqueó de inmediato, arrojándolo de nuevo a la fría nieve.

 

– ¡Y ahora vosotros! – Dabra se lanzó rápido hacia ellos y en el último instante desaparecieron – En algún momento se te acabará la energía, sirviente divino – se burló – He oído hablar de esa técnica de los dioses – aun así, parecía algo nervioso cuando les volvió a localizar – ¡Tendré que arrasar todo este lugar para que no tengáis dónde escapa... ¡Argh!

 

Un ruido circular atravesaba el pecho de Dabra. El grueso rayo en espiral le hacía escupir sangre inevitablemente. Desde detrás, a un palmo de su víctima, Piccolo gritaba con rabia mientras su Makankosapo continuaba su recorrido.

 

– ¡¡MUERE!!

 

Kibito, aún con la mano en el hombro de su compañero, observaba boquiabierto la abrumadora eficacia del ataque.

 

El Dakka cayó al suelo con un agujero en el corazón.

 

– Eso ha sido... impresionante... – balbuceó Kibito.

– Sana a los demás – le ordenó Piccolo mientras se recuperaba respirando con profundidad – Puede que estén muriendo.

– De eso nada – oyeron la voz carrasposa del demonio mientras volvía a ponerse en pie con serias dificultades.

– ¡Sigue vivo! – se desesperó Kibito.

– ¡Deprisa, cura a los otros! – Piccolo apenas podía gritar, necesitaba coger aliento. Pero, aun así, se puso en guardia y encaró al Dakka.

– Me sobra aliento para acabar con vosotros... – escupió él mientras les escrutaba con un odio demoníaco.

 

 

El terreno virgen estaba realmente destrozado. Los derribos y las explosiones del combate habían desfigurado aquel valle rodeado de montañas, pero los luchadores aún no habían acabado.

 

Glova hizo rodear a Glacier con una decena de Kienzan, pero el praio ahora, a pesar de su deplorable aspecto, estaba más tranquilo que nunca. Sus ojos sin alma miraban a su oponente, pero no solo a su oponente; veía todo lo que su oponente controlaba, deseaba y pretendía.

 

El super saiyan alzó el escudo de su mano zurda y se puso en guardia. En un parpadeo, los discos de energía se impulsaron veloces a por Glacier y este comenzó a esquivarlos sin dejar de mirar a su rival. De sus dedos brotaron con precisión varios rayos burdeos que acertaron e hicieron estallar los discos cortantes, adivinando sus trayectorias.

 

Mientras tanto, el saiyan se mantuvo a la espera. Sabía que, si sobrevivía a su adversario hasta que llegara al límite del uso del Halio Kian, ganaría el combate.

 

El praio era consciente de ello, por lo que no se demoró y atacó directamente. Sus golpes eran detenidos por la guardia de Glova y por su escudo. El super saiyan estaba concentrado, intentando no abrir ninguna posibilidad que su contrincante pudiera usar. Pero, claro está, nadie es perfecto.

 

– ¡Blam! – un gancho llegó inevitablemente al hígado de Glova resquebrajando la armadura que le protegía y, seguidamente, un puñetazo en la mandíbula que le empujó.

 

Aprovechando el desequilibrio del saiyan, Glacier alargó su cola para envolver una de sus piernas, pero el saiyan, atento, dio una vuelta en el aire, amagando para evitar la larga extremidad de Glacier.

 

Cuando cayó al suelo, su expresión había cambiado: se acababa de percatar de que no tenía el escudo, tan solo sostenía su asa.

 

En manos del praio, el blasón resplandecía con el soporte interno de la empuñadura roto.

 

– Sin esto, las condiciones están aún más a mi favor – entonces lanzó el escudo hacia atrás, haciéndolo planear como un platillo volante hasta perderse en el paisaje.

– Me da igual – Glova parecía ofendido – El resultado será el mismo – subió de nuevo la guardia y esperó.

– Ahora puedo lanzar ataques de Ki si quiero, sin que puedas cubrirte de ellos – espetó el praio alzando su mano y lanzando una esfera rojiza de energía.

 

Justo cuando llegaba a su objetivo, el ataque recibió una férrea patada y salió disparado al cielo, donde estalló como un fuego artificial.

 

– ¡Flash! – Glacier atacó de nuevo y Glova comenzó a defenderse de forma escurridiza, siempre que tenía oportunidad de rehuir hacia atrás para abrir distancias, lo hacía.

 

El super saiyan parecía intocable, hasta que recibió una pedrada en la sien por su izquierda.

 

– Pero... ¿Qué? – estaba rodeado de rocas que levitaban mediante el poder psíquico de su adversario, quien le sonreía mientras su cola aprovechaba la situación para enroscarle su cola en la pierna derecha de Glova – ¡Mierda!

 

A partir de ese momento los puñetazos y las patadas cayeron con precisión y potencia prácticamente perfectas. Además, las rocas a su alrededor comenzaron a aprisionarle, limitando sus movimientos y golpeando cuando tenían ocasión.

 

– Así que ya entiendes por qué es mejor no cabrearme – gruñó entre dientes Glacier, cuyo perjudicado aspecto parecía ahora darle un aire más duro – Ahora sé con seguridad qué es lo que te aferra al bando de Babidí – continuó hablando mientras sacudía sin piedad justo por los huecos que Glova iba dejando – Lo deduje desde un principio – esquivó un contraataque desesperado del saiyan antes de continuar golpeando – Pero ahora es indudable.

 

Cada acierto estallaba en aquel escenario escarpado provocando un ruido contundente. La pierna de Glova seguía agarrada y eso hacía que pareciera una marioneta para Glacier, que controlaba su movimiento y sus intentos de zafarse. El saiyan parecía un maniquí de entrenamiento; solo hacía recibir los topetazos de su rival. Sus defensas parecían no servir de nada ante la anticipación psíquica de Glacier. Los ojos del praio continuaban oscuros y profundos y las montañas de los alrededores parecían temblar con cada impacto, como si fueran a desmoronarse a simple vista.

 

Las fuerzas de Glova iban a menos, sus heridas se multiplicaban, la sangre relucía en su semblante y su armadura estaba cada vez más rota. Glacier, prediciendo los pocos segundos de Halio Kian que aún le permitía su mente, decidió acabar lo antes posible, por lo que sus puñetazos se dirigieron mayormente al rostro.

 

– ¡Qué resistente eres, joder! – pensó para sí.

 

Tras una docena de los ganchos más potentes que el praio pudo acertar en la cara de su rival, el pelo de Glova cambió de color, retornando a su tono natural.

 

Cuando a su vez observó que sus ojos no miraban ningún punto fijo, Glacier supo que estaba efectivamente K.O.

 

La cola que limitaba a Glova tiró de él hacia el suelo, provocando un duro choque contra la tierra. Malherido como pocas veces antes había estado, tenía la cara ensangrentada, amoratada e inflamada por ciertas zonas. Por último, su armadura parecía ser un puzle, tal era su quebrado aspecto.

 

Los ojos de Glacier se cerraron para descansar. Se concentró entonces en la brisa fresca de aquel lugar parcialmente desolado por la batalla. Cuando se hubo calmado, volvió a abrir los ojos, que ahora brillaban rojos y fríos y miraban con atención el deplorable aspecto de su compañero derrotado.

 

Se agachó y su amplia mano abarcó gran parte de la cabeza del saiyan para alzarlo. El cuerpo no hizo ningún movimiento voluntario, Glova había perdido el conocimiento.

 

Glacier dudó un segundo antes de meter los dedos de su mano libre en la boca del saiyan. Parecía rebuscar entre sus fauces hasta que sintió el duro cristal de la Blantir. Lo agarró y tiró de él. Sin embargo, aquella pequeña porción le quemaba como la superficie del sol.

 

Su grito resonó a través del valle y de los montes de su alrededor. El cristal comenzó a refulgir con un fuerte color azul que salía disparado de la boca del saiyan como si fuera una linterna.

Poco a poco, el trozo de Blantir cedía ante la bruta presión que Glacier le imponía y su brillo, al igual que el gran alarido del praio, no paró hasta que la mano salió de la boca del joven saiyan.

 

Abrió cuidadosamente sus dedos. Había extraído aquel trozo de cristal y, en su interior, podía ver la violácea gema que tanto apreciaba.

 

– Ya no quema... – susurró Glacier mientras dejaba caer sin demasiado cuidado a su amigo – Yo... ¿Por fin me he redimido?

 

Como si le abofetearan, Glacier recordó de nuevo las serias circunstancias que atormentaban al planeta Tierra y, probablemente, al universo.

 

– Debería ayudar a los demás – recordó – Pero no puedo dejarte aquí – sentenció refiriéndose a su compañero vencido, como si le escuchara.

 

 

– ¡Maldito bastardo! – maldijo el brujo – Se ha salido con la suya ¿Cómo sabía que mi control emanaba de la Blantir? – hablaba consigo mismo – Pero... lo que más me interesa es: si ellos tienen un pedazo... ¿Dónde tienen el resto de la Blantir gemela? – una de sus comisuras se levantó mientras acariciaba su preciada bola de cristal – Con dos Blantir yo sería... – su lengua pasó por sus secos labios para humedecerlos. Aquella posibilidad realmente consumía sus deseos.

 

Pero sus fantasías se diluyeron cuando volvió en sí y contempló a su soldado, que aún no había recuperado la bola de dragón.

 

– ¡Date prisa, Bojack! – le exigió Babidí.

 

– Tengo que alcanzar al ladronzuelo calvo – pensaba el sirviente verde para sí mientras volaba a toda velocidad – Puedo sentir su Ki... Sí, alcanzaré a ese gusano.

– Si se te escapa esa bola de dragón – insistió el brujo – me darás tu vida para resucitar a... – entonces algo llamó su atención. Algo hacía un ruido peculiar en su misma habitación.

 

Se dio la vuelta y se acercó con nerviosismo al huevo que contenía a su preciado monstruo. La aguja que medía la energía necesaria para la resurrección estaba cerca del tope.

 

– ¡Oh...! ¡Mi madre! – chilló animado – Pero ¿cuánta energía ha absorbido Bu gracias a los combates? ¡Esto está a punto!

 

 

Justo en ese momento, Goku decidió parar su combate con Vegeta.

– Lo siento, Vegeta – tanto él como su adversario, en estado de super saiyan de segundo nivel, tenían unas pintas mediocres, propias de una reciente batalla – Creo que Gohan está en peligro. Debo irme.

– ¡Ni se te ocurra marcharte ahora, Kakarot! – le ordenó Vegeta furioso – No pienso darte la opción de abandonar.

– Adiós, Vegeta – se despidió Goku alzando su mano derecha, preparado para usar el shunkanido.

– ¡Te juro que destruiré este maldito planeta si te vas sin terminar este combate! – la mirada hostil de Vegeta era muy severa, parecía que iba en serio.

 

Goku suspiró, algo agobiado por la situación. Apenas sentía el Ki de su hijo, y eso podía significar que estaba en peligro de muerte.

 

– Está bien, Vegeta – cedió él – Acabemos con esto.

 

Vegeta sonrió de nuevo y volvió a ponerse en guardia – Esta vez no escaparás a ningún lado.

 

– No – la mirada de Goku se clavó en la de su rival, pero era distinta: mucho más seria, casi enfadada. Y los espasmos eléctricos que chasqueaban a su alrededor tronaron con una potencia anormal ante la atónita mirada de Vegeta.

 

 

Purple estaba cerca de aquella área donde su scouter había escaneado el primer foco de un gran poder. Era una zona muy desértica y a lo lejos pudo vislumbrar lo que parecía ser una pequeña casa blanca y metálica. A pesar del extraño aspecto de aquella vivienda, no sospechó nada a primera vista.

 

El ser violáceo pisó tierra firme en una roca elevada y activó su scouter.

– ¿Qué? – se sorprendió al descubrir, gracias al artefacto que portaba su ojo, el gran vehículo espacial escondido entre las arenas – Es una nave. Debe de ser la de Babidí.

 

– ¡Bip, Bip! – el localizador encontró indicios de vida a pocos metros a su espalda. Se giró y vio a un ser de alta estatura que le escrutaba sin vergüenza alguna.

 

– ¿Quién eres? – preguntó Purple a Paikuhan.

– Debería hacerte la misma pregunta – le respondió muy serio el ser verde.

– Tú no eres de aquí – dedujo Purple – Tus vestimentas y tu anormal nivel de poder no forman parte de este planeta.

– Te sorprenderías de lo que alberga actualmente este planeta.

– Confiesa – le ordenó Purple – ¿Eres secuaz de Babidí?

 

Paikuhan sonrió – No. Mis experiencias con brujos han sido bastante desafortunadas.

 

– Entonces – volvió su mirada a la nave del mago – ¿Qué haces tan cerca de él?

– Espero a un par de amigos.

– ¿Qué pretendes hacer aquí?

 

Paikuhan no le respondió. Miraba fijamente el aspecto del forastero y, al mismo tiempo, se comunicaba con sus compañeros mentalmente.

– Kuren, Gihó. Venid para acá inmediatamente. Tengo enfrente a nuestro objetivo.

 

– No me importas lo más mínimo, pero sé que no eres un terrícola – le aclaró Purple – Y eso me hace sospechar. No me sigas, por tu bien.

 

Entonces dio un salto y levitó hasta situarse a varios metros de la puerta de entrada a la nave de Babidí.

 

Mientras Paikuhan seguía con la vista a Purple, la puerta se abrió y de ella surgieron varios soldados uniformados que miraban al intruso con cara de pocos amigos.

 

– Soy un antiguo secuaz de Babidí – les dijo – Un importante siervo de Bibidí en su era. Y ninguno de vosotros va a impedir que me reúna con mi señor.

 

Todos los presentes se miraron mutuamente buscando algún tipo de reacción, pero nadie se movió.

 

– Espera aquí – dijo uno de ellos, probablemente el capitán de la tropa – Hablaré con Babidí y veremos si te recibe – acto seguido entró en la nave y la puerta volvió a cerrarse.

 

Los demás guardias, incómodos, miraban la extraña y pulcra vestimenta del intruso.

 

–Tengo todo el tiempo del mundo – susurró Purple mientras daba media vuelta para echar un vistazo al ser verde que aún le vigilaba. A lo lejos.

 

– Estoy casi seguro de que el lugar es la guarida del brujo – informó Paikuhan a sus compañeros – Y parece que nuestro objetivo desea entrar. No sé qué pretende.

– No le pierdas de vista – habló Kuren – Voy hacia allá.

– Si salen de allí, síguelos – aportó Gihó.

– Os mantendré informados.

 

Dentro de la enorme nave, Babidí recibía las nuevas noticias.

 

– ¿Un antiguo sirviente de mi padre? ¿Y dice que me conoce? – se entrañó.

– Así es – confirmó el soldado.

 

La Blantir del brujo le mostró al intruso que esperaba en la entrada.

– No puede ser... – se extrañó, hablando solo – ¡Es una de las creaciones de mi padre! Parece que el joven chaval tenía razón, Dabra. ¡Las creaciones de mi padre han sido despetrificadas!

 

El demonio, agotado, abrió los ojos. Estaba sumergido hasta los ojos en un tanque de metal que contenía un líquido muy oscuro, pero que variaba de color aleatoriamente.

– Mi padre – susurró él sin energía alguna bajo la máscara de oxígeno – ha muerto.

– Exacto. Y tú casi te reúnes con él – le riñó el brujo – La próxima vez deja de jugar con tus presas y termina el trabajo.

– Lo siento… amo – balbuceó el Dakka como pudo.

– Hablaré a distancia con ese antiguo sirviente – aclaró Babidí – No puedo arriesgarme a dejarle pasar ante mí con mi guardia personal a mitad de camino del otro mundo – nuevamente miró de reojo a Dabra.

 

– ¿Quién eres? – escuchó Purple mentalmente.

 

El ser violeta se extrañó al principio, pero no tardó más de dos segundos en percatarse de que era una conversación mental.

 

– Hola, maestro – saludó él, postrándose en el suelo – He cruzado mundos enteros para llegar hasta usted y volver a servirle, volver a tener un objetivo en la vida.

– Jijiji – rio el brujo con voz chillona – Perfecto. Aunque no esperarás que confíe en ti ¿Verdad? Hace miles de años que no sé nada de ti ni de los otros experimentos.

– Todos han muerto, mi señor. Yo soy el último ensayo que queda de su padre para crear a la criatura perfecta. Una criatura que creo que ahora mismo pretende revivir.

– Tienes mucha información y no es errónea, te ganarás mi confianza si me ayudas a conseguir mis objetivos.

– Lo que sea, señor.

 

Babidí sonrió con maldad – Han llegado a este planeta unos seres extraños que sospecho tienen en su poder una bola mágica de cristal muy valiosa, una Blantir.

 

– ¿Robaron la Blantir de su padre?

– No. Aquella aún la conservo.

Purple abrió aún más los ojos – ¿Una Blantir gemela?

– Así es. Quiero que la encuentres y que me la entregues.

 

El ser violáceo no dijo nada. Estaba replanteando sus opciones – ¿No tengo ninguna pista?

– Son seres poderosos – rio Babidí – Y estoy muy seguro de que vienen de otro planeta. Uno es un demonio del frío – su nuevo siervo estaba confuso, toda aquella información parecía sacada de un cuento – Y otro parece un terrícola, pero tiene cola de mono.

 

Entonces Purple recordó a aquella poderosa persona que le capturó. La misma que se transformó en un gorila gigantesco y mató a todos los seres que, como él, habían vuelto a la vida tras la petrificación. Fue él el que lo entregó a los poderosos hombres que le obligaron a usar el casco de control mental. Tenía que ser el mismo, no podía ser casualidad.

 

Cerró su puño y miró hacia el cielo – Yo le conseguiré la Blantir, maestro.

– Excelente – concluyó el viejo.



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