Capítulo 5 – Una dueña indócil
En un planeta tres veces mayor
que La Tierra, una población de emergente paz se acostumbraba a una vida sin
demasiadas desigualdades. El planeta era conocido como Taulinea por sus
habitantes, los Taulin.
El astro era bañado por el calor
de una estrella a miles de años luz y rodeado por tres pequeñas lunas que
orbitaban a su alrededor. Los Taulin eran una raza de poca variedad física: el
color de piel de la gran mayoría era negro como el carbón, al igual que sus
cabellos, que solían dejar largos según la tradición. Era un pueblo de gran
orgullo, pero generalmente pacífico.
Akkaia nació entre una familia de
recursos, pero a medida que creció, fue transformándose en una persona
extrovertida y temeraria, algo no muy común entre los jóvenes de aquellos
tiempos. Aun así, era solitaria, vivía por y para la aventura y, a pesar de
querer a su hogar, a menudo se separaba de él para vivir experiencias entre los
bosques que abundaban por sus tierras. A decir verdad, siempre soñó con viajar
a otros lugares, otros planetas, otros mundos.
En una ocasión conoció a un
elemento del bosque al que llamó Lume, una criatura inocente ligada a la
naturaleza y a la sabiduría del planeta. Su aspecto era diferente cada día,
tomando formas arbóreas, vegetales e incluso animales, pero siempre saludaba a
Akkaia con una fresca brisa de viento con olor a moras.
Intercambiaban y creaban
historias juntos y compartieron aventuras por toda aquella naturaleza por descubrir.
El curioso ser le dio la confianza en sí misma para realizar proezas a las que
nunca se atrevió: escalar altos desfiladeros, cataratas y senderos foráneos,
cruzar a nado bravos ríos y profundos cenagales, trepar por todo tipo de
árboles, huir, esquivar y enfrentar a peligros de aquel mundo... Gracias a
ello, su cuerpo se fortaleció y obtuvo una figura curtida y definida.
Cada vez que visitaba a Lume, se
introducía en una nueva aventura que demoraba meses.
Una noche de otoño, mientras se
disponía a dormir, Lume compartió con ella una historia terrible, llena de
fuego, destrucción y sufrimiento. Cuando terminó su narración, aquel ser de
gran sabiduría miró a los ojos a Akkaia y con pesar en su expresión admitió que
lo que había visto era el destino de su pueblo. La chica, asustada, decidió
volver a su hogar a pesar de la súplica de Lume.
– Si te vas, te unirás al dolor –
insistió.
– Si lo que dices es cierto,
entonces debo marchar y salvar a mi familia – sentenció Akkaia.
– Entonces llévate parte de mí –
insistió Lume – Para guiarte siempre que estés perdida – entonces le otorgó una
habilidad especial, a su entender tan abstracta como incomprensible, tornando
sus ojos de un extraño color pirita. De esta forma nunca se separó de ella.
Cuando Akkaia regresó a la cuarta
noche, ya era demasiado tarde. Las casas estaban destruidas, incendios inmensos
y ríos de sangre cubrían las calles y la ciudad. Malvados secuaces mataban a la
inútil resistencia de la población.
Akkaia, gracias a sus cualidades
entrenadas en sus aventuras, se escabulló de la vigilancia de los asesinos y
fue de tejado en tejado de las casas más altas para llegar hasta su vivienda
para rescatar y huir con su familia.
Sin embargo, a mitad de trayecto,
se percató de que aquellos malhechores estaban reuniendo a toda la población en
una gran plaza de la ciudad. Allí, además de un gran pelotón de soldados con
ropas idénticas, se encontraban un par de extraños: un demonio de tez rojiza y
ojos serpentinos que vestía con una gran capa blanca y unos ropajes verdes
oscuros junto a un alien enano de aspecto viejo y arrugado, con un gorro negro
que le cubría la cabeza y una extravagante capa naranja que casi rozaba el
suelo. Su voz era chillona y se oía en toda la avenida, pero parecía feliz.
– Hechas las presentaciones, os
recomiendo que no acabéis con mi paciencia, que es muy poca. He venido desde
muy lejos para reclutar a uno de vosotros. Son muchos los soldados que tengo e
igual el número de especies diferentes que me sirven, y necesito a alguien que,
de corazón, quiera unirse a mis tropas.
Las personas presentes se miraban
sin comprender absolutamente nada, aún absortos en el miedo y el sufrimiento.
– Claro que antes os incentivaré
a ello.
Entonces sacó del interior de su
capa un objeto que no podía caber materialmente bajo ella, era una bola de
cristal oscura algo más grande que su cabeza. La hizo levitar y sus ojos
relampaguearon al utilizarla, como si en ella estuviera escrito lo que tenía
que decir a continuación.
– Si os unís a mí, obtendréis
poderes que ni podéis imaginar, uniréis vuestra vida a un objetivo superior a
todo lo que hayáis conocido hasta ahora y correréis la suerte de viajar por el
universo en incontables galaxias en busca de la felicidad y la perfección –
hablaba Bibidí con gran euforia.
– ¡Ejem! – le avisó su siervo
Hazam.
Bibidí, al percatarse del terror
de su público, recordó que olvidaba una parte crucial para incentivar a
aquellos seres insignificantes.
– Y, por supuesto – carraspeó
tragando saliva – dejaré en paz a vuestra gente. No provocaré más muertes ni
más dolor – dijo con la mano en el pecho, como si conservara algo de empatía,
pero a la vez sonriendo como si aquello fuera divertido – Os doy un minuto para
que lo meditéis bien.
Entonces Akkaia, agachada en el
tejado de un edificio cercano, maldijo a aquel ser – Bastardo hijo de... – pero
entonces se dio cuenta de que a dos metros de ella se encontraba uno de los
soldados del brujo. Él miraba en su dirección, como si hubiera escuchado
aquella voz, pero parecía no ver ningún intruso. Tras unos segundos de
escrutinio hacia la oscuridad de la noche sobre los tejados cercanos, el
soldado se fue.
Akkaia notó entonces la habilidad
que Lume le había entregado, sentía a Lume en su interior.
Tras un largo minuto de
impaciente espera, el brujo habló de nuevo.
– ¿Nadie? – gritó Bibidí con voz
aguda.
– Yo – dijo uno que se abría paso
entre la multitud.
– ¡Por fin! – exclamó Babidí –
Arrodíllate.
El hombre hizo lo que le pidió.
– Concéntrate en todo lo que te
hace unirte a mis tropas – le dijo el brujo una vez arrodillado.
Hazam retiró el cabello de su
nuca a un lado y Bibidí hizo aparecer una especie de hierro que tenía un signo
o runa desconocida en su terminación. Entonces marcó la nuca de aquel hombre y
este cayó al suelo, sin vida.
– ¡Pf! – bufó el brujo –
Una pena que no os haya mencionado que vuestro deseo para uniros a mí debe ser
mayor que vuestro odio o miedo a hacerlo ¿Hay alguien más que realmente esté
dispuesto a hacerlo? Vamos – incitaba él con normalidad – Es por una buena
causa, salvar a los que queréis, salvaros a vosotros mismos.
Durante unos segundos, nadie
contestó al malvado hechicero y este se dio la vuelta, indignado.
– Entonces probaré en otra ciudad
y os aniquilaré – sonreía con una mirada de intensa calma.
– ¡Espera! – escucharon todos.
A unos metros por detrás del
demonio Hazam, Akkaia miraba a los intrusos con severidad, escondiendo el temor
que sentía.
– ¿Cómo has llegado tú ahí? – le
preguntó Bibidí, impresionado por no haberla avistado antes. Hazam, por su
parte, también mostraba cierta curiosidad.
– Yo iré con usted – dijo sin
vacilar.
– ¡Vaya, vaya! – celebró el brujo
– Por fin tenemos una candidata.
– ¡No! – oyeron de entre la
multitud. El padre y la madre de Akkaia se abrían paso al reconocer la voz de
su hija – No lo hagas, Akkaia.
El brujo, molesto, apuntó con una
mano al alborotador, pero Akkaia le interrumpió.
– Si les haces algo más,
olvídalo. No me uniré a ti.
Bibidí sonrió y bajó la mano –
Arrodíllate – le ordenó.
– Antes debes prometerme que
cumplirás con tu palabra y no dañarás más a esta gente. Te irás de aquí sin ni
una sola muerte más.
– Eso está hecho, jovencita.
Ahora arrodíllate de una vez para ver si estás preparada.
Akkaia cayó de rodillas y despejó
su melena de la nuca. Acto seguido, Bibidí hizo aparecer de nuevo el mismo
hierro. Los sollozos de la familia de la joven taulin suplicaban a los dioses
ayuda, pero ningún dios acudió. Los latidos de la chica eran rápidos como los
de un pequeño roedor, no sabía si aquellos segundos serían los últimos de su
vida.
La runa se clavó en su cuello y
Akkaia apreció la quemazón. Pero fue rápido y no sintió morir. Sin embargo,
algo en su interior lloraba por ella.
– ¡Perfecto! – concluyó Bibidí –
Creí que este planeta iba a ser otro fracaso, como los tres anteriores – le
hablaba a Hazam – Pero hemos obtenido nuestro premio en menos de dos días.
– Así es, señor. El grupo está
completo.
– ¡Nos vamos!
Akkaia temblaba de pies a cabeza
y, mientras los dos malvados hablaban, ella buscaba la mirada de sus padres,
que lloraban su pérdida desde la distancia.
– Os quiero – vocalizó con un
nudo en la garganta.
En menos de un minuto, un
centenar de soldados mismamente uniformados se apelotonaron enfrente del brujo.
– ¿Cuál es tu nombre? – la
pregunta de Bibidí sacó a la taulin de su ensimismamiento.
– Akkaia – contestó ella.
– Muy bien – dijo el brujo
sonriente – Ven aquí, junto a mis hombres.
Cuando la joven se situó, el
brujo se dirigió de nuevo a ella.
– Desde ahora te llamarás Badavin
– algo a lo que ella respondió con una mirada de incomprensión.
– ¡PAPARAPÁ! – exclamó Bibidí,
alzando sus manos hacia el cielo.
De repente Akkaia vio un
resplandor, como si sus ojos pestañearan sin el uso de los párpados. Entonces
vislumbró otro lugar. Aquel hechicero los había transportado al interior de un
castillo, a saber en qué recóndito planeta. Se hallaban en un gran aposento
decorado con pocos muebles oscuros y lámparas de vela que iluminaban
perfectamente el entorno, pero de un tono extraño para la vista de Akkaia. A lo
largo de toda la sala, además, podían verse decenas de retratos. Los aliens
dibujados eran muy parecidos a Bibidí, algunos con más pelo en la cabeza, otros
con diferentes ropajes, pero todos con una misma sonrisa maligna y la gran
mayoría de ellos portaba una esfera de cristal en la mano o la hacían levitar
en una postura altiva y orgullosa.
– De acuerdo. Comencemos con los
preparativos – ordenó el viejo mostrando los dientes y frotándose las manos,
emocionado.
– ¡Sí, señor! – respondió el
centenar de soldados al unísono antes de esparcirse por todos los rincones del
castillo.
– Reuniré a los quince restantes
para que acojan a nuestra nueva aliada – dijo Hazam, esperando recibir el
asentimiento de su amo.
– Yo ya tengo un nombre – le
interrumpió una voz.
Bibidí, sorprendido por la
intervención de su nueva aliada, la miró con curiosidad.
– ¿Qué?
– He dicho que ya tengo un
nombre. No cambiaré mi identidad solo porque vaya a servirte.
Hazam miró tranquilo a la chica y
clavó sus ojos de nuevo en Bibidí. Ambos sabían que no debían tratarla mal, al
menos, por el momento.
– ¡Oh! Sin problemas, chica – le
dijo restándole importancia – ¿Cómo decías que te llamabas?
– Akkaia.
– Bien, Akkaia. Acompaña al gran
Hazam. Él te presentará a otros que, como tú, han decidido servirme
voluntariamente.
Sin volver a hablar, la taulin
siguió al demonio hasta una habitación amplia, donde se encontraban acomodadas
catorce personas. Todas de diferentes razas.
– Ya os habéis reunido – dijo
Hazam – Estupendo. Esta es Akkaia, una nueva aliada. Haced que se sienta como
en casa. Mañana comenzaremos con el esperado ritual – entonces se marchó sin
decir más.
Al cerrar la puerta, los
presentes miraron a la recién llegada y esta les escrutó de uno en uno. Todos
menos un par tenían formas humanoides, con características diferenciables.
– Buenas – se presentó ella, pero
solo unos pocos le devolvían la mirada.
– Buenas – le respondió un ser
azulado de orejas cilíndricas y ojos amarillos que carecía de ropajes – Mi
nombre es Bum.
Akkaia le estrechó la mano – ¿Ese
es tu nombre o es el que te han dado aquí?
Todos miraron a la chica, algo
nerviosos y temerosos.
Bum escrutó con interés los ojos
de Akkaia.
– Parece que no encajas aquí.
– En absoluto.
– Me gustas – sentenció Bum antes
de darse la vuelta – Presentémonos todos y charlemos – dijo vivaracho mientras
tomaba asiento y le ofrecía uno a la nueva.
Tras unas cortas presentaciones,
la conversación se alargó con calma, pero Akkaia fue rápidamente al grano.
– ¿Qué ocurre mañana? – pero
nadie contestó hasta que, tras unos segundos de paciencia, Bum contestó.
– Se supone que nos harán más
fuertes para servirles con eficacia.
– Eso no tiene mucho sentido –
pensaba Akkaia para sí. Demasiados cables sueltos, demasiado que asimilar. Solo
quería irse de allí y llorar a solas por su destino. Por otro lado, había algo
que realmente le ilusionaba en cierta medida: poder, viajar por el universo...
Todo eso fue lo que mencionó Bibidí, algo con lo que siempre había soñado,
aunque no exactamente en aquellas circunstancias.
– Tienes suerte – continuó
hablando él – Yo llevo esperando este día desde hace un año, por lo menos.
Tras una cena bien servida, cada
uno fue a su respectiva habitación y descansó hasta el día siguiente. Akkaia, a
pesar de la horrible situación que le acompañaba, se sentía cómoda allí y,
aunque la tristeza no se iba, un sentimiento extraño de júbilo la invadía poco
a poco en esa extraña mansión.
A la mañana siguiente, un soldado
fue llamando de habitación en habitación, anunciando el turno de cada persona.
Sin embargo, un día entero esperó la chica hasta que el soldado se dirigió a su
dormitorio.
– ¡Toc, Toc! – resonó en
su puerta.
Cuando la abrió, un hombre con
ojos claros y una gran "M" en la frente le esperaba.
– Tu turno – leyó en una hoja que
sujetaba – Akkaia.
La taulin acompañó al guardia
hasta fuera de la mansión, pasando de nuevo por la larga estancia llena de
retratos. Fuera, en mitad de una llana y verde pradera, se encontraban Bibidí y
Hazam. Una brisa confortable pero intensa hacía bailar sus capas hacia un lado.
Cuando llegó a su lado, pudo
observar un círculo en el suelo donde no había hierba alguna y su tierra era
tan negra como su piel.
– Bienvenida – le saludó Bibidí –
Debes entrar en él y esperar pacientemente – dijo al percatarse de que la chica
miraba el círculo con curiosidad. Ella obedeció.
– Ahora – continuó el brujo –
concéntrate en porqué quieres servirme y deja a un lado la añoranza de tu
hogar. Eso es algo que solucionaremos más adelante – la intentaba tranquilizar
él – Cierra los ojos y focaliza lo que he dicho.
Mientras tanto, Babidí ya había
hecho aparecer una gran bola trasparente que se mantenía en el aire por arte de
magia. En su mano derecha portaba un libro abierto de gran grosor y apuntó con
su palma izquierda a Akkaia. Entonces sus labios comenzaron a moverse, y un
terrible conjuro emergió oscuro e infernal a través de su voz en un lenguaje
desconocido.
Akkaia sentía miedo; presentía
que, si no se concentraba adecuadamente, su vida acabaría allí mismo. Aun así,
pudo hacerlo sin demasiados inconvenientes, estaba realmente ilusionada por
explorar nuevos mundos con poderes inimaginables.
Aquel rito duró horas. A medida
que pasaba el tiempo, un aura blanquecina y extraña se hacía más y más grande,
envolviendo a Akkaia hasta abarcarla por completo. Bibidí sudaba y sus brazos
temblaban del cansancio mientras soltaba en susurros silenciosas palabras en un
idioma parecido a la muerte, pero no desistió. Hazam les vigilaba, cruzado de
brazos.
La bola de cristal iluminaba la
escena, pero de repente se apagó y cayó al césped.
– ¡PAPANAFRÁS! – gritó el brujo
alzando sus dos manos al cielo y soltando el grueso libro, que cayó al suelo de
un golpe seco.
El aura que envolvía a Akkaia se
tornó brillante y se insertó como un gas con vida propia por la boca de su
víctima. El grito de la taulin fue aterrador, pero no duró demasiado. Se
desplomó en el suelo mientras su cuerpo cambiaba y su piel se tornaba tan
blanca como la luz que refulgió de aquella aura. Aun así, el color de sus ojos
no cambió.
– ¡Lo he conseguido! – dijo el
brujo con alegría – Siete éxitos de quince intentos. Nada mal ¿eh, Hazam?
– Una grandiosa labor, mi amo.
Akkaia se levantó, pero se sentía
extraña. Miró sus manos blancas como la nieve y brillantes como un metal
pulido. Lo veía todo mucho más nítido y sentía una gran cantidad de
percepciones nuevas, tanto era así que un mareo constante la invadía.
– Desde ahora – dijo Bibidí
mientras se acercaba sonriendo a la chica – tu apodo será Badavin – su frente
brillaba del sudor y sus ojos parecían irritados de algún modo– Y ahora que
eres oficialmente uno de mis súbditos, puedo castigarte a mi manera cuando lo
vea conveniente – le aclaró antes de que se volviera a rebelar por su nuevo
nombre.
Las piernas de la Taulin
flaquearon y cayó de rodillas, sumida en un profundo cansancio. Antes de
hundirse en un pesado sueño, la voz de su antiguo amigo resonó en su cabeza,
llamándola por su nombre con una lejanía impotente – ¡Akkaia!
Durante una larga temporada, las
siete personas, cuyos cuerpos habían sufrido serias transformaciones,
descubrieron el verdadero rostro de aquel brujo. Supieron que, de alguna forma,
estaban sometidos a él y que, si se les oponían, sufrirían unas consecuencias
desconocidas pero temibles.
Además, les fueron revelados los
verdaderos planes de Bibidí.
– ¡Lo que quiero hacer es postrar
a los dioses ante mi poder, quiero reinar en el mundo! – gritaba sin miedo – Y
uno de vosotros me ayudaréis, si estáis a la altura. Hoy mismo empezaréis el
entrenamiento y dentro de un año os pondré a prueba. Hasta entonces, tengo
cosas que hacer – así el brujo dio media vuelta y se esfumó del planeta junto
con Hazam.
Allí, en aquellas praderas
enfrente de la fortaleza del brujo, se escrutaban mutuamente los siete seres
metamorfoseados por magia negra.
Akkaia apenas reconocía a las
personas que se encontraban allí. Sabía que eran seis de los catorce que
conoció hacía dos días, pero la tez no fue lo único que cambió en algunos. Sus
expresiones faciales y sus morfologías sufrieron transformaciones radicales. Lo
más llamativo eran sus colores de piel: un azul refulgente, un azul oscuro, un
rojo vivo, un marrón terroso, un violeta brillante y un verde oscuro.
Ella descubrió en su nueva forma
una fuerza, velocidad y resistencia sorprendentes, pero fue algo que todos los
demás poseían en mayor o en menor medida. El más poderoso de todos era aquella
persona que se le presentó el día de su llegada, ese tal Bum: su rostro era el
mismo, pero su antiguo cuerpo azul había crecido y ahora su musculatura marrón
le confería un tamaño descomunal de casi tres metros de alto.
Ella, por el contrario,
conservaba una habilidad única muy eficaz. Cuando lo necesitaba, su cuerpo y
ropaje dejaban de existir para los ojos de cualquiera, una cualidad que ya
había testado antes, pero que nunca había utilizado de manera totalmente
consciente.
Meses y meses de entrenamiento
fueron suficientes para asentar sus poderes y comprobar sus recientes
habilidades. En campo abierto, los seres transformados pelearon mutuamente en
un combate libre, sin nadie que les enseñara pelear. Tan solo bajo la
supervisión de Babidí, hijo de Bibidí, quien les arengaba con malas artes
durante los descansos, corrompiendo sus mentes con pensamientos cada vez más oscuros.
Estos calaron más en Bum, quien
se dejó llevar por las peores emociones que resurgieron en su interior.
– ¡Ya me he cansado! – soltó el
coloso en mitad de un combate en el que participaban todos – Si os mato, Bibidí
no tendrá más opción que elegirme a mí como aliado – rugió.
Desde ese instante, Bum fue a
matar, pero todos los presentes se unieron en su contra.
– ¡Plam! – el terreno se
agrietó cuando el puñetazo falló. Akkaia había saltado hacia atrás y al mismo
tiempo el ser azul propinó una dura patada en la espalda de Bum.
Al darse la vuelta gruñendo, Bum
atizó con el brazo a su víctima, pero Akkaia y su compañero de tez roja le
atacaron juntos, haciéndole retroceder. Un puñetazo de Bum acertó en el pecho
de este último, pero su puño entró en su tronco como si fuera mantequilla que
enseguida se solidificó para no dejarle escapar. Entonces Akkaia aprovechó para
asestar varios golpes con potencia. Además, el ser de tez azul oscura se unió
al ataque.
Aun así, la ventaja no duró mucho
tiempo. El gigante saltó a la ofensiva y repelió a los tres contrincantes con
relativa facilidad, deshaciéndose del ser rojizo de un puñetazo que le noqueó y
expeliendo una gran ola de energía con todo su cuerpo.
Cuando Akkaia cayó al suelo, no
pudo evitar fijarse en que faltaba apoyo. Sus ojos buscaron por todo aquel
campo de combate hasta que dieron con una figura violeta que, cruzada de
brazos, escrutaba la pelea con interés.
– ¡Pelea! – le criticó ella,
alterada y con altos niveles de adrenalina en el cuerpo. Pero aquel ser la
ignoró.
La batalla se alargó durante
horas y el combate los trasladó cada vez más lejos del castillo del brujo.
Todos fueron cayendo, y cuando solo quedó Akkaia, su instinto la salvó.
– ¿Dónde se ha metido? – dijo Bum
exhausto, con el brazo alzado antes de llegar a dar un martillazo a la chica
que había desaparecido delante de sus propios ojos.
Akkaia se había escabullido, el
poder de Lume seguía con ella, la mantenía a salvo.
Mientras volaba en dirección
contraria al asesino, no distinguió los cadáveres de sus compañeros caídos en
el terreno torturado por la dura batalla. Pero, al cabo de unos minutos de
vuelo, reconoció a la persona restante que se había abstenido de luchar junto a
ellos. Parecía que pretendía huir del lugar.
– ¿Por qué? – le preguntó ella
cuando estuvo cerca, descubriendo su cuerpo maltratado por las heridas
padecidas en combate.
El ser púrpura se sobresaltó y
asustado la miró rápidamente subiendo la guardia.
– Ah... – se relajó – Me has dado
un susto de muerte.
– Contigo quizás hubiéramos
podido ganar – continuó criticándole ella – ¿Por qué diablos no has combatido?
Por tu culpa estamos condenados a morir o a escondernos hasta que Bibidí
regrese.
– No será necesario – alzó la mano,
pidiendo que se calmara. Parecía realmente cansado – Dentro de cuatro días le
haré frente y le mataré. Hasta entonces, te aconsejo que te escondas.
La taulin le miró como si
estuviera loco y tras una mirada de odio, le abandonó y buscó un lugar donde
ocultarse de Bum.
Al cuarto día, Akkaia sintió las
poderosas energías en conflicto, pero cuando llegó hasta ellos, tan solo pudo
ver al ser violáceo absorbiendo por el pecho luminoso el cuerpo sin vida del
gigante marrón. Tras ello, el ganador cayó al suelo con las manos encima del
esternón, ahora cerrado.
Akkaia se acercó a él. Estaba
casi inconsciente, y tenía tenía serias heridas por haber peleado. Entonces se
le ocurrió que, si le mataba en aquel instante de semiinconsciencia, ella sería
la única a quien Bibidí podría aceptar.
– ¿Le matarás? – le habló una voz
aguda y molesta. Era Babidí que, a sus espaldas, contemplaba la situación – Es
lo más inteligente – rio entre dientes.
Akkaia se percató de que su mano
apuntaba a la cabeza de aquel ser violeta, pero la apartó al instante y, sin
mirar a Babidí, se marchó directa al castillo.
– No soy como querríais que fuera
– pensó para sí misma. Aun así, la sonrisilla del pequeño aprendiz brujo no se
había esfumado.
A las pocas semanas, Bibidí
regresó al planeta junto con Hazam.
– ¡Vaya, vaya! – se sorprendió –
¡Si sólo quedan dos de mis creaciones!
Akkaia miró de soslayo a su
compañero, durante el tiempo restante a la llegada del brujo, se había limitado
a convivir con ella sin amenazas de ningún tipo.
– Entonces comencemos rápidamente
con la guinda del pastel – dijo Bibidí – ¿Por quién deberíamos empezar? – le
preguntó a su hijo, allí presente.
– Por Badavim – la señaló el
joven.
– Muy bien, hijo mío. Veo que lo
tienes muy claro. Adelante, Hazam.
El demonio dio un paso al frente
y se dirigió a ella.
– Enséñame qué has aprendido en
un año de supervivencia.
Akkaia, nerviosa, alzó la guardia
y atacó al demonio de piel rojiza. Sus golpes acababan siendo interceptados por
las manos de su oponente y tras el primer frenesí, Hazam no se había movido un
centímetro de su sitio. Entonces miró a su amo y negó con la cabeza.
– No sirve para nada.
– Entonces deshazte de ella –
sentenció el brujo – No me interesan los inútiles.
Hazam miró de nuevo a la chica y,
sonriendo, se dispuso a finalizar aquella prueba, pero Akkaia, asustada,
desapareció de la vista de todos.
– ¿Dónde...? – balbuceó el Dakka.
– ¿Se ha ido? – preguntó Bibidí.
– No estoy seguro – contestó Hazam.
Entonces el demonio comenzó a
recibir golpes por todas partes y todos se sorprendieron.
– ¡Es invisible! – exclamó el
brujo.
Hazam, hastiado de encajar tantos
embates, se rodeó de un aura roja como el fuego y elevó su energía con una intensidad
terrible.
– ¡Tus golpes no duelen, pequeña,
pero estás empezando a dejar en mal lugar al rey de los demonios!
Así, Akkaia sintió de cerca todo
el poder del Dakka, que fue más que suficiente como para repeler los ataques de
la chica. Además, toda aquella energía en constante fluidez estaba levantando
kilos de arena y tierra que entorpecían su vista.
– Ahí estás – dijo Hazam cuando
sus ojos amarillos escrutaron una zona en el aire donde la arena levantada
formaba una silueta irregular.
En menos de un parpadeo, Hazam
agarró del invisible cuello a Akkaia. Toda aquella arena en movimiento cayó al
suelo y la respiración de la taulin se complicó.
– Lo siento, chiquilla. Buen
intento – le dijo el Dakka justo antes de escupirle en la cara.
Su rostro comenzó a ser visible,
pero no tenía la palidez fulgente de su piel. Su cuerpo se petrificaba poco a
poco, desvelándose progresivamente en forma rocosa.
– ¡Lume! – gritó ella en su
interior. No pedía ayuda, no pedía salvarse; querría volver a verle una vez
más.

Espero que os guste este pequeño inciso. Es vital para entendee la trama y creo que me ha quedado bien.
ResponderEliminarDisculpad el dibujo si no está muy allá, es uno de los primeros que hice y no es de alguna escena en concreto, pero me apetecía hacer ver cómo veo yo a Akkaia.
Hola, Pivotts! Oye, me tienes intrigado, cuéntanos cómo va el capitulo 6! :) felicidades de nuevo por la calidad de este fan fic, de lo mejorcito que he leido de Dragonball. Un salufete
ResponderEliminarMuchas gracias por tu apoyo y seguimiento, lionMB.
EliminarVoy a intentar que no haya más interrupciones. ¡Disfruta del capítulo 6!
Un gusto. Y disculpa el ansia viva! ;P
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