Capítulo 7
– Caza de monstruos
El planeta era desértico y una tormenta de arena
parecía azotar la nave cuando traspasaron su atmósfera.
Ya desde allí podían contemplar un paisaje repetitivo:
una gran marea de arena rojiza rodeaba todo y las dunas formadas de su mismo
color hacían del desierto un mar tempestuoso paralizado en una sola imagen.
Antes de aterrizar observaron el arco de
teletransporte, ahora más polvoriento y enterrado en arena.
– La primera vez que pisé este planeta fui
teletransportado a través de esa puerta metálica desde Gelarpa – le informó
Glova a Glacier.
– Interesante.
– Avisé a Cleff hace unas horas de llegar aquí. Así
que el contacto que debe procurarnos tiene que estar al llegar.
Justo tras haberlo afirmado, el gran arco comenzó a
hacer un gran ruido empujando la tierra que lo sepultaba y una capa abstracta de
energía rellenó su interior. De ella brotó una persona uniformada con un traje
negro y un casco de visera a juego. En cuanto traspasó del todo la puerta, fijó
su mirada a la nave que acababa de aterrizar y se acercó tranquilamente.
La trampilla del vehículo espacial pisó tierra y los
dos tripulantes se apearon para pedir instrucciones, pero el soldado comenzó a
hablar antes que nadie.
– Lo siento, esta misión debe realizarla únicamente
Glova – sonaba tajante y su mirada enfocaba al saiyan. Sabía claramente quién
era el destinatario de su mensaje.
Glova vaciló un instante y miró a Glacier, pero en
seguida devolvió el saludo al militar.
– Sin problemas, viene conmigo por diversión.
– Las condiciones son simples – continuó él
explicando, como si nada – Acaba con la vida de todos los seres y mantén a
salvo al más fuerte que encuentres. De esta manera, te verás obligado a reducir
al más poderoso que encuentres hasta descubrir a otro que le supere. Entonces
matarás al apresado y capturarás al que más interesa. Así, sucesivamente.
Cuando no quede más que el mejor de entre todos ellos, tráelo.
– Menudo plan...
– Para ayudarte en la tarea, mis superiores te prestan
este aparato.
El soldado le tendió a Glova un objeto parecido a una
cuerda compuesta de un centenar de pequeños engranajes metálicos que brillaban
con la luz del día.
– Se llama "Lazo magnético" – siguió
explicando – Funciona con conexión a este localizador – sacó entonces de uno de
sus bolsillos un cuadrado de cristal que se desplegó hasta tomar la forma de un
localizador corriente. Cuando quieras que se active para reducir al enemigo, no
tienes más que pensarlo mientras llevas esto puesto.
El soldado le ofreció el aparato a Glova, quien se lo
colocó ajustado en la oreja. En cambio, el Lazo magnético se lo dio a Glacier,
mientras le ordenaba que metiera sus muñecas en la cuerda. Glacier no dudó y
colaboró con la demostración con una mueca divertida.
Glova dio la orden en su cabeza y el lazo se cerró
brillando con una iluminación verde. Las muñecas de Glacier estaban ahora
apretadas, encadenadas la una a la otra.
El praio forcejeó aquellas extrañas esposas para
comprobar cómo funcionaban. Mientras más fuerza usaba, más intenso era aquel
color que rodeaba la cadena.
– Cuanto mayor es la resistencia opuesta a las
cadenas, mayor será la presión ejercida por el Lazo magnético. Cuando tengas
preso al ser adecuado, y no antes, presiona el pequeño botón rojo del lazo para
paralizar durante un corto período de tiempo al apresado. Sólo puede usarse una
vez por la cantidad de energía que requiere para ello.
– Excelente – se sorprendió Glova cuando ordenó sin
vocalizarlo la desactivación del lazo y éste respondió como si fuera otra
extremidad de su cuerpo – ¿Algo más?
– Sí: el localizador tiene un contador con el que
podrás ir comprobando cuántos objetivos continúan vivos en el planeta.
Actualmente quedan 54 según nuestros cálculos, así que deberás acabar con 53.
Además, como todos los localizadores, posee un escáner de poder numérico, pero,
ya que nunca habíamos trabajado con unos niveles tan altos, la escala será
diferente: del 0 al 30. No es posible que ninguno llegue al número más alto,
pero en caso de ser superado, la escala únicamente marcará el 30. ¿Alguna
pregunta?
Glova sentía cierta curiosidad por empezar la caza de
bichos.
– Lo he entendido todo ¿Algo más que deba saber?
– No. Ya conoce lo que está en juego.
– De acuerdo – dijo Glova mientras jugaba con el lazo
de metal entre sus dedos – Te toca, Glacier.
Entonces los ojos rojos de Glacier se tornaron cálidos
y los del soldado, tapados por la visera oscura, fueron engullidos por sus párpados.
Aunque en trance, el soldado seguía de pie, atento.
– Vayamos dentro de la nave – ordenó el praio a su
esclavo mental – Hay más buena temperatura que aquí.
Miró a Glova.
– Tú haz el trabajo. Aunque me entere de todo lo que
este tío sabe, puede que ni conozca quién está al mando. Así que continúa con
el trato, como si nada.
– Claro, como habíamos planeado.
Glova ya lo sabía. Glacier le había dejado claro que
quizás la información que sonsacara al contacto no fuera suficiente para
conocer la identidad de los que estaban detrás de todo.
Aun así, debía probar suerte.
– Bueno – suspiró Glova – Vuelvo a ser mercenario.
Primero escrutó a Glacier sin que éste se percatara
antes de que entrara en la nave. El localizador le escaneó: 30 – Glova tuvo que
sonreír, ni si quiera estas máquinas diseñadas para ranquear poderes superiores
a los del exemperador Freezer podían vislumbrar el poder que poseían.
Se puso el lazo entre las muñecas y lo activó. No pudo
evitar testarlo en sus propias carnes.
Era cierto, la presión que el lazo podía imponer se
multiplicaba con la fuerza de resistencia. No pudo deshacerse de él hasta que
lo desactivó con una orden.
– Bueno, pues allá voy.
Tras varios minutos de vuelo, el saiyan se paró en una
roca alta en mitad del desierto y pensó durante unos segundos antes de llamar
la atención de todo su alrededor. Glova gritó haciendo estallar la energía a su
alrededor, mostrándola al mundo entero.
– Esto debe servir... Creo – murmuró para sí al
sentarse tranquilo en la roca. Puso el localizador en modo rastreo y esperó.
Al rato, Glova percibió la energía de alguien que se
acercaba velozmente. El localizador tardó un minuto más en detectarlo y
escanearlo desde la distancia – 22. Entonces bajó de la piedra.
– Así que ese tiene veintidós – susurró – Parece ser
de los fuertes. Supongo que los más poderosos vendrán primero hacia el peligro,
confiados.
En un minuto apareció en el horizonte la figura
humanoide de un ser que corría a toda velocidad hacia el saiyan. Su rostro era
serio y su piel verde oscuro remarcaba las malignas facciones de su rostro. Su
expresión era seria y atenta, casi podría decirse que carecía de emociones.
Su ropa no era más que un chaleco oscuro ya hecho
trizas por los combates y unos pantalones grises roídos de tantos topetazos,
sucios y polvorientos.
El gran animal fue directo a Glova y cuando era seguro
que podía oírle gritó cuan ogro a su presa.
Por un momento, su velocidad aumentó y Glova tuvo que
saltar hacia un lado de forma casi instintiva para evitar el atropello.
El monstruo derrapó levantando polvo para frenar su
trayectoria y volver a cargar.
– ¡Qué rapidez! – pensó Glova – ¡Casi me arrolla!
Será...
Entonces los dos oponentes esprintaron el uno en busca
del otro.
– ¡Blam! – el choque derribó a Glova por los
suelos y su rival le agarró por un pie y siguió arrastrándole hasta lanzarlo
contra una roca desierta, donde se estrelló bestialmente.
Glova se levantó anonadado por la fuerza de su
oponente y volvió a correr hacia él blandiendo el escudo en su puño en lugar de
en su antebrazo.
El monstruo no había perdido de vista a su presa y
volvió a la carga. El saiyan saltó para impactar dando un puñetazo con el
escudo, pero aquel ser verde también golpeó con todas sus fuerzas, rompiéndose
la mano al colisionar contra el maravilloso blasón.
– ¡¡Ahh!! – el grito de dolor abordó kilómetros
de distancia. El monstruo se miraba la mano desfigurada y miró de nuevo a su
oponente.
Sin esperar más tiempo, Glova pegó una patada en la
cara al enemigo para intentar noquearlo, pero éste sólo apartó el rostro,
dolorido y volvió a mirarle maliciosamente.
– Menuda resistencia – pensó él, ahora con cierto
temor.
El dorso de la palma izquierda del ser verde fue rápido
y abofeteó al saiyan, tirándole al suelo. Entonces su otra mano crujió y volvió
más o menos a su forma original.
No podía creerlo, aquel monstruo tenía una fuerza
desorbitada. Cuando levantó la cabeza, su localizador detectaba otras figuras
detrás de diversas rocas, acechando y contemplando la pelea.
– Mierda, quería mantener a uno K.O. antes de que
comenzaran a llegar los demás.
Se irguió sin vacilar y miró de nuevo a su oponente,
pero éste ya formaba entre sus manos una bola negra de energía que lanzó de
inmediato contra él. Puso su brazo enfrente para cubrirse, pero al instante se
percató de que se le había caído el escudo al suelo por el bofetón.
– ¡Mier...
– ¡Blaaam! – La explosión fue tronadora y el
saiyan salió disparado boleado en el aire hasta caer pesadamente en la arena.
El daño era obvio. Parecía que Glova no estaba a la
altura de las expectativas de los que le contrataron, ni si quiera de las suyas
propias.
– Ahh... – su gemido fue un socorro de oxígeno.
Su armadura chamuscada por el impacto parecía ahora gris y de su antebrazo
chorreaba sangre.
Su cola bailaba por uno de sus laterales, como si su
subconsciente quisiese decirle algo. Entonces intentó lograr lo que una vez
consiguió. El grito se elevó por el cielo hasta hacer temblar las nubes y su
energía azulada brotó de su cuerpo, rodeándolo fervientemente.
– ¡Zas! – el Ki que desprendía dejó de fluir
para expandirse con un fuerte chasquido.
Miró sus manos, no parecía haber cambiado nada. Observó
algún cambio en su cola, pero el pelo seguía poseyendo el característico color
castaño de los saiyans.
– No ha funcionado – susurró – Pero esto tengo que
terminarlo de alguna forma. No imaginé que tuviera que intentar esto aquí y
ahora.
Formó una luminosa esfera blanca en la mano, dispuesto
a hacerla brillar de nuevo. Cuando fue a lanzarla, su localizador pitó –
¡Bip! ¡Bip!
Aquella área de combate desértica había sido rodeada
por medio centenar de figuras. Muchas de diferentes tonalidades de piel y
formas. Algunas con figuras femeninas y otras con morfología masculina, todas y
cada una de ellas con variados ropajes, pero sus miradas estaban fijadas en un
mismo punto: el monstruo verde.
– ¿Qué pasa aquí? – murmuró Glova para sí mientras miraba
confuso el gran círculo que le rodeaba a él y a su adversario.
El monstruo verde se puso en guardia y gruñó,
mostrando su expresión más intimidatoria.
– ¡A por él! – oyó a uno de ellos, aún desde una buena
distancia, pero ninguno de ellos aligeraba el paso. El enorme círculo se
cerraba poco a poco.
Uno de ellos caminó sobrepasando a Glova de cerca, sin
prestarle la más mínima atención.
– ¿Qué ocurre aquí? – no entendía nada.
– A ver qué haces contra todos a la vez, escoria – oyó
a otro monstruo con voz nasal, aparte de diversos gruñidos.
Parecía que unos pocos sabían hablar. Algunos
comenzaron a volar y la mayoría comenzó a correr hacia el centro del círculo.
La batalla había comenzado, el gran monstruo verde era
el más poderoso de todos, estaba claro. Sus golpes eran demoledores para la
generalidad, y su rapidez le hacía casi intocable. Pero pronto la diferencia
cuantitativa se hizo manifiesta. Los golpes surgían y los rayos y ráfagas de Ki
no escaseaban. Aquello era un campo de guerra.
– ¿Qué hago yo ahora? – se preguntó el saiyan,
nervioso por la inesperada situación – Necesito al verde vivo... Está bien –
pensó en poco tiempo – Dejaré que mate a cuantos más y entraré en la pelea
cuando uno de los dos bandos me necesite. Así me aseguraré de destruir con
ayuda a más monstruos y de que el fuerte no muere.
Los minutos pasaron. Glova se percató de que el nivel
de muchos de los luchadores era peligroso incluso para él y que el poder que el
monstruo verde había mostrado peleando contra él no había permitido una buena
estimación de sus verdaderas capacidades.
Muchos ataques que usaban eran extraños y nunca vistos
para el saiyan: látigos de energía que creaban de la nada, auras flameantes que
potenciaban los golpes y otras muchas técnicas eran lanzadas contra el terrible
monstruo verde, que estaba siendo presionado por la gran mayoría que lentamente
iba descendiendo en número.
Una decena de cuerpos yacían ya por el suelo, pero no
todos estaban muertos. Glova fijó su atención en un ser violáceo de pantalones
negros que se arrastraba como un enfermo hacia uno de aquellos cuerpos
moribundos.
El saiyan se interesó por él y perdió el combate de
vista por un momento. Aquel ser de mediana estatura abrió sus brazos y de su
pecho musculado surgió una extraña espiral negra que fue agrandándose hasta
ocupar el torso completo.
Glova no pudo evitar arquear las cejas y abrir los
ojos ante tal panorama. El cuerpo del caído fue absorbido completamente por
aquella espiral antes de que se cerrara.
– ¿Qué demonios...? – Glova alucinaba – ¿Se los come?
El ser púrpura cerró los ojos, como si le dolieran,
pero los volvió a abrir y con un andar aún más débil fue directo hasta otro
cuerpo para repetir la misma acción.
– ¿Debería pararle? Pero entonces volcó de nuevo su
atención en el combate. El monstruo verde parecía notar el cansancio, aunque
hacía mella en el ejército, que seguía atacando y retrocediendo, entrando en su
rango de acción para golpear y saliendo del mismo rápidamente para evitar
sufrir daños.
Glova echó un vistazo a su localizador, el marcador
del número de monstruos iba reduciéndose por cada uno de ellos que no se
levantaba. Iba por 41, pero aún combatían más de cincuenta personas.
– Aquí hay más de 54 seres... – murmuró – Los cálculos
que estimaron y guardaron en este aparato no son tan fiables.
La intensidad de la pelea se mantuvo durante un
tiempo, pero al cabo de una hora la presión del grupo fue mayor, porque el
cansancio del monstruo verde era ahora visible. Y la veintena que quedaba en
pie haciéndole frente se animaba al notar un atisbo de victoria.
Los golpes desde ese momento fueron brutales y el
monstruo verde comenzaba a desfallecer.
– Es el momento – dijo Glova pulsando un botón de su
localizador de cristal para plegarlo en un pequeño cuadrado que guardó dentro
de su armadura.
– ¡¡Ñá!! – gritó uno de los monstruos mientras
generaba en sus manos dos bolas amarillas de energía. Su maligno rostro
apuntaba al extasiado forzudo verde.
Pero algo le hizo girarse. Un rayo rosa del grosor de
una pequeña casa lo barrió junto a otros monstruos. Un gigante ozaru llegó a la
zona de batalla y comenzó a dar puñetazos a diestro y siniestro, sepultando a
sus objetivos y destruyéndolos con rápidas ráfagas de energía engendradas desde
sus fauces.
– ¡Raaawr! – ninguno del centenar de rugidos
producidos por los monstruos allí presentes habría superado a aquel estruendoso
aullido.
En pocos segundos, Glova en su terrorífica
metamorfosis derribó y mató a todos los cansados seres que allí combatían. A
todos menos a uno. El luchador verde mantenía su expresión hostil, pero no
tardó en caer al suelo desmayado por el agotamiento.
Tras asegurarse de que no quedaba más que ese con
vida, Glova deshizo la luna artificial y volvió a su forma original en menos de
un minuto.
Fue a comprobar el estado de su objetivo y se aseguró
de que seguía con vida.
– Trabajo terminado – farfulló, sacudiéndose la
armadura sucia – Un momento – voló y comenzó a rondar por el área en busca de
su objeto preferido: el escudo. Con los nervios se había olvidado de recogerlo.
No tardó más de unos segundos en encontrarlo y
colocárselo de nuevo. Cuando volvió su mirada al monstruo verde, éste ya casi
ni estaba. El ser púrpura de expresión malvada absorbía su cuerpo a través de
la misma espiral generada en su pecho.
– ¡No! – con su máxima rapidez, golpeó una patada en
la cara de aquel carroñero, tirándole al suelo como un trapo.
– ¡Mierda! – el cuerpo ya no existía – Maldito
buitre... – Glova agarró del cuello al aquel ser violáceo, pero enseguida se
dio cuenta de que le había noqueado con la patada. Entonces le soltó
maldiciendo.
Desplegó su localizador y se lo colocó. No detectaba
ninguna otra forma de vida extraña en kilómetros a la redonda.
– Ah... – suspiró harto – Tendré que entregarte a ti,
inútil – le dijo al noqueado, como si le escuchara – Qué remedio. No pienso
patearme el planeta para descubrir que no queda ninguna otra forma de vida.
Le colocó las esposas y apretó el botón de parálisis
temporal antes de cargar con el cuerpo y despegar para llevarlo hasta su nave y
hasta el portal. Allí deberían estar esperándole Glacier y aquel soldado cuya
mente habría sido investigada a fondo por el praio.
– Al menos, con suerte, en unas horas veré a mis
tutores – entonces el dolor volvió a su memoria – Con suerte... – repitió en su
cabeza.
¡Espero que os guste!
ResponderEliminarFin de la misión. ¿Objetivo?: "cumplido" xD
¡Veremos qué pasa en el próximo capítulo!
Acabo de pegarme una maraton y me he leido todo lo que va de la temporada 3 en unas horas.
ResponderEliminarIncreible todo lo que ha pasado Glova en "poco" tiempo.
Me encanta por donde va la historia, al fin obtiene el Super Saiyan aunque no sepa usarlo, y confieso que llegue a sentir lastima por Cell al verse tan superado xD.
Es genial ver el nivel de Glacier, y ahora ver a estos demonios pelear. Quizas el de la espiral no sea el mas fuerte fisicamente, pero su tecnica es a tomar en cuenta.
¡Me alegra que te hayas actualizado con tanto ánimo, Nahuel!
EliminarExacto, el final de Cell es en parte “penoso”. Quise darle cierto matiz derrotista. El protagonismo de su muerte no es algo de Gohan, como ocurre en la historia original, sino de todos y, sobre todo, de este nuevo personaje: Glacier, del que por cierto ya podéis atisbar, más o menos, su potencial peleando, como bien dices.
El demonio “de la espiral” tiene una habilidad muy peculiar que conoceremos en un futuro. De momento, está K.O.
El próximo capítulo trae nuevas circunstancias ¡no os lo perdáis! ;D