Capítulo 9
– ¡Khum!
De madrugada, Glova se puso en
marcha. Comenzó a caminar y pasear por el terreno para ir adquiriendo la
adaptación de la musculatura de la que escaseaba en esos momentos.
Empezó a correr el mismo día y
consiguió controlar su energía mucho más rápido que la última vez – Algo es
algo – se motivaba.
– No será suficiente – opinaba
Lachi, pesimista; o más bien, realista, como él decía – Mañana estará cansado y
sin fuerzas ni energía suficientes como para luchar contra todo un escuadrón de
élite.
Nasera dirigió una mirada asesina
a Lachi para que se callara y seguido continuó con el entrenamiento del crío –
¡Eso es! ¡Avanzas muy rápido, Glova!
– No lo suficiente… - susurraba
el científico.
Al día siguiente, Glova estaba
contusionado. Todo su cuerpo sentía el mismo dolor intenso que notó los
primeros días de recuperación, la primera vez que despertó en Glasq. Su ánimo
estaba por los suelos, y dentro de poco tendría que proteger a sus tutores a
muerte. Lo haría por ellos, por sus amigos allí en el Planeta Vegeta y también
por llegar vivo a su hogar con una historia que contar a su clase, con un
título o calificativo honorable que usar allí si todo saliera bien. “Derroté yo
solo a un escuadrón del emperador.” – ¿Un escuadrón del emperador? – pensó de
repente – ¿Qué pasará si mato a un escuadrón del emperador? ¿Me buscará la
Guardia Interplanetaria para sentenciarme, mandarme a prisión en otro planeta
o, peor aún si cabe, condenarme a muerte?
Justo cuando pensaba en ello,
sintió algo raro dentro de su boca. Lo rozó con la lengua y se despegó de ella.
Se llevó los dedos a la boca y sacó aquello. Era la porción del raro cristal
que le dio aquella criatura que se hacía llamar K… – ¿Cómo era?... ¡Khän! – en
menos de un segundo, se acordó de todo, y se sintió mal por haberle recordado
todo este tiempo sin hacer el intento de contactar con él. Daba igual en
aquellos momentos; sentía miedo a la muerte. Quizás, la tropa fuera demasiado
poderosa.
Se había pasado la mañana
corriendo y agilizando su cuerpo por la zona selvática y ahora descansaba en su
cama, muy poco sofisticada para su gusto, pero jamás criticaría para mal la
construcción de aquella vivienda. Sus tutores lo hacían por él.
Ya se hacía tarde cuando comenzó
a notar algo extraño en el ambiente.
– Glova – se dirigió el doctor
Lachi hacia su cuarto – Están cerca – dijo con una sonrisa maliciosa. Lachi
intentaba parecer confiado, para que Glova se sintiera seguro de sí mismo.
– Si ellos piensan que puedo
hacerlo con tanta claridad, probablemente no se equivoquen – pensó el saiyan.
– Ven. Voy a prepararte.
– Sí – Glova se levantó y le
siguió con paso dolorido, pero firme.
Llegaron a una habitación donde
Glova no había entrado nunca. Estaba llena de aparatos raros; tecnología que
nunca sabría cómo funcionaba.
El científico abrió un armario
del que se dispuso a sacar algo. Glova no podía evitar fijarse en todos los
cachivaches que adornaban aquella sala. Su mirada se paró en seco en un
armatoste de acero del que sobresalían decenas de cables gruesos y finos.
Estaba en la esquina de la habitación, ocupando mucho espacio. Se sintió mal
por algún motivo desconocido. Leyó entonces aquel nombre en su chapa metálica:
Otsufur.
– Aquí tienes – la voz de Lachi
le sacó de su ensimismamiento. Sostenía una armadura del tamaño de Glova – La
creé para ti, y ahora la necesitarás – mentía.
– ¿La has hecho tú? – Glova
estaba alucinando – Es igual que la de los soldados saiyanos – devolvió una
mirada a Lachi – Les daré una lección – dijo el joven, sin apartar los ojos de
los de su tutor.
– Eso es.
Cuando se cambió, fue hasta la
salida de la vivienda y se encontró con Nasera. Ella sujetaba algo en la mano;
era su scouter – Aquí tienes.
Glova lo cogió y se lo colocó.
Entonces Lachi se puso a su lado.
Hazlo lo mejor que puedas, Glova. Podrás con ellos. Entonces el científico
abarcó con la palma de su mano la cabeza de Glova y la acercó hasta sí, como
pretendiera abrazar cordial, pero sinceramente – Haz que nos sintamos
orgullosos de ti.
En un instante, los ojos de Glova
se humedecieron y un nudo en la garganta empezó a agobiarle.
Nasera puso una mano sobre su
hombro, se agachó para estar a su altura y besó su frente – No dejes a ninguno
con vida – los ojos del crío estaban a punto de vencer su resistencia al llanto
– Ahora ve, guerrero – sentenció la doctora justo antes de apretar el botón del
scouter que Glova llevaba.
Glova oyó cómo se encendía con su
pitio característico y seguido otros correspondientes a la detección de varios
niveles de poder – ¡Sí! – exclamó el pequeño cuando comenzó a correr en
dirección a los puntos marcados en la pantalla que cubría su ojo izquierdo.
Cinco naves esféricas cayeron del
cielo en puntos cercanos entre sí, en medo de una zona desértica.
– Tsss…. – las cápsulas espaciales se abrieron dejando sonar un
agradable sonido de llegada para sus tripulantes.
El primero en salir fue un
alienígena homínido de piel azulada y de ojos amarillos y mentón prominente.
Alto para un saiyan, su cuerpo era esbelto y esculpía trabajados músculos. No tenía
cabello, pero sí una cola larga y fina que parecía moverse de forma
independiente. Su rostro era serio y poseía facciones duras – Por fin – exclamó
mientras se sacudía la armadura, idéntica a la de sus compañeros. En el lado
izquierdo de la misma había un símbolo redondo con dos líneas en su interior,
propio del logo del Escuadrón de élite Palter – Aquí Capitán Palter – comunicó
por su scouter con voz grave.
El segundo en salir de las naves
fue un alienígena de cabellos rubios y de piel plateada, casi blanca. De su
cápsula espacial sacó tras de sí un gran escudo de forma triangulada, cuyos
bordes eran ovalado. Su mirada era fría, sus ojos negros carecían de pupila y
su constitución era más fina y menuda que la del capitán, pero mantenía sin
problemas el escudo, que le llegaba a la altura del cuello – Aquí Zord –
comunicó él.
El tercer tripulante salió de su
nave algo más incómodo. Medía poco más de dos metros, su cabello moreno estaba
recogido en una gran y complicada trenza que llegaba hasta la mitad de su
espalda. Sus músculos superaban en tamaño a los de Palter y su mirada castaña
dejaba atisbar su seriedad. Su piel color negruzca dejaba ver a la luz del sol
su relieve lineal por todo el cuerpo – Aquí Luppa – comunicó con un gran
torrente propio de un barítono mientras se masajeaba el cuello.
El cuarto salió de un salto. Su
piel verde crema combinada con un par de iris verdes intensos. Su estatura se
hallaba entre la de Palter y la de Zord; y su constitución era muy delgada,
aunque fibrosa.
No tenía pelo. En cambio, un
casco ceñido a la cabeza cubría su calvicie natural. Su boca era más larga de
lo usual, y sus pómulos tenían varias líneas que recordaban a las branquias de
un tiburón – Aquí Freeves – comunicó con una voz vibrante y aguda cuando se ajustaba
los guantes blancos del uniforme.
El quinto y último salió de su
nave lentamente, con calma; su pelo rojo y alborotado caía hasta su cuello. Sus
pequeños ojos castaños parecían mirarlo todo. Su constitución era parecida a la
del capitán, pero no igualaba su altura. Además, de su frente y codos
sobresalían algo parecido a unos cuernos pequeños, que estaban a cubierto por
la piel cerúlea del alienígena. Aún no se había colocado el scouter – Aquí
Fiutzer – comunicó con voz grave cuando se lo ajustó.
Salieron volando de los cráteres
que habían dejado sus naves para reunirse en un área llana.
– Todo esto es un desierto –
comentó Freeves.
– Ya habéis visto la zona
selvática – le interrumpió Palter – La aniquilación de vida de este planeta no
nos llevará mucho tiempo.
– Bueno, a lo mejor conocemos a
nuestra amiga enfadada – recalcó Fiutzer cruzado de brazos.
– Seguiremos las normas y nos
ceñiremos al plan – dijo el capitán – A no ser que nos veamos en la necesidad
de actuar si hay algún tipo de inconveniente.
– ¿Crees que será una saiyan? –
preguntó Luppa – Estaría bien que uno de nosotros se divirtiera con uno de esos
simios gigantes.
– No seas bruto – le dijo Fiutzer
– si es una saiyan no podrá transformarse, porque no hay luna llena.
– Ah, ¿sí? – Luppa frunció el
ceño – Qué decepción.
– Equipo, centraos e la misión –
Palter puso orden – Cada uno se ocupará de las zonas distribuidas. Esto lo
terminamos en dos días – todos asintieron – El emperador ha hablado.
– ¡Khum! – gritaron al unísono.
Entonces activaron sus scouters y
todos a la vez localizaron un nivel de poder inusualmente alto que se les
aproximaba. Contemplaron el horizonte en su dirección e intercambiaron miradas
de asombro. No tenían que buscar al sujeto, él les habría encontrado.
Glova estaba cerca y comenzó a
volar para llegar antes. En cuanto fijó su vista en los objetivos, ralentizó el
vuelo – Aquí en el desierto no hay riesgo de que destrocen la zona selvática –
pensó.
Pisó suelo firme y miró a los
cinco soldados que le observaran, incrédulos – ¡No es una mujer, es un niño! –
exclamó Luppa – Tiene un scouter y una armadura. Está dispuesto a luchar. ¡Vaya
con el crío!
– He venido a detener vuestra
masacre – dijo Glova, convencido.
– De acuerdo, pequeño – entró
Palter en la conversación – ¿Esto es totalmente en serio?
– Ajá – asintió el joven.
– Entonces no nos dejarás otro
remedio que matarte.
– Podréis intentarlo.
– Pido permiso para encargarme de
él, capitán – dijo Fiutzer.
– Concedido, Fiutzer – dio
permiso Palter – No seas cruel con el chaval. Dale una muerte rápida.
– ¡Sí, señor! – sonrió el
alienígena de cabellos rojos.
– ¡Eh! – reaccionó Luppa – ¡Es un
saiyan! – exclamó señalando a Glova, específicamente su cola.
– Exacto – respondió Fiutzer – La
próxima vez comprobad mejor lo que tenéis delante y os aseguraríais un
divertido entretenimiento.
– ¿Cómo lo saben? – pregunta
Zord.
– La cola peluda de los saiyans
lo delata – aclaró el capitán.
Fiutzer dio unos pocos pasos
adelante y miró a su contrincante. Era la mitad que él y parecía escuálido,
escuchimizado, casi enfermizo.
– ¿Estás seguro de querer luchar
contra mí? – apretó el botón de su scouter y escaneó a Glova en un segundo –
¡Wow! ¡Chicos, aquí tenemos a un superdotado!
– ¿Por? – se extrañó el capitán.
– El chaval tiene nada menos que
9.300 unidades.
Glova abrió los ojos – ¿Qué están
diciendo? – pensó – 9.300 unidades es una barbaridad. Su scouter da error, o usan otro tipo de numeración.
– Es verdad, capitán – afirmó
Zord al comprobarlo con su scouter.
Aquello era imposible, no pudo evitar
pensar Glova – Ese nivel de pelea sólo lo tienen los saiyans de élite más
poderosos.
Palter escaneó a Glova – ¿Qué
edad tienes, muchacho?
Glova seguía con una cara seria a
pesar de su incredulidad y confusión – Seis años. Dentro de poco cumpliré siete.
– Podrías llegar a ser un gran
soldado de élite si sirvieras bien a Lord Freezer. Te ofrezco una oportunidad.
Quizás llegues a formar parte de mi escuadrón algún día.
Glova estaba pasmado – No están
hablando en serio… - pensó.
– ¿Qué me dices, pequeño? –
insistió Palter – Tengo la autoridad para dejarte con vida si vienes con la
condición de entrenarte y llegar a ser a los pocos años un soldado de élite al
servicio del Emperador.
En un momento, Glova pensó en las
posibilidades que se le abrían si se iba con ellos. Tendría todo resuelto, a
priori. Entrenamiento y libertad para hacer cosas que, en su planeta natal,
como renegado que era allí, no podía plantearse – Pero no puede ser – susurró
el saiyan – Están mintiendo. Y… tampoco dejaría a mis tutores morir en manos de
esta gente.
– No – dijo en voz alta, al fin.
– De acuerdo, chico. El desierto
será tu tumba entonces – Palter hizo una señal con la mano para que Fiutzer
hiciera su trabajo.
Glova apretó los puños y se puso
en guardia. Y, aunque seguía confuso por todo lo que estaba ocurriendo, ya no
temblaba.
– ¡Khum! – gritó el escuadrón al
mismo tiempo.

Espero que os guste!
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