Capítulo 6 – Memoria
Pasaron tres días en los que el
entrenamiento enfocado en la velocidad fue mucho más reducido y diverso, con
otros tipos de ejercicios de agilidad más variados. Por lo que no tuvo ocasión
de volver a ver a su vecino de nuevo hasta el cuarto día, cuando Lachi ordenó a
Glova el mismo ejercicio con el que perdió el conocimiento por no parar a
descansar.
En esta ocasión, Glova fingió
olvidarse su scouter y lo dejó a propósito en el campamento, junto al de Lachi.
De esta manera, el doctor no podría localizarle si se paraba en pleno ejercicio.
Como sabía que no iba a durar mucho el entrenamiento de esa jornada, decidió
intentar superar la velocidad que utilizaba siempre para llegar cuanto antes al
lugar donde encontró al ser de hacía cuatro días.
A las horas, Glova descubrió el
lugar con el agujero y fue directo al túnel hasta llegar a la habitación donde
conoció a ese tal Sabio del pensamiento, pero allí no había nadie.
– ¿Hola? – preguntó Glova en voz
alta, mientras jadeaba recuperándose del sprint - ¿Hay alguien?
– Sigue tu instinto – se escuchó
una voz proveniente del eco.
Glova se adentró más en aquella
sala y descubrió que en una esquina había una puerta escondida en una
bifurcación de la pared. Empujó y la abrió sin problemas. Entró en una enorme
sala iluminada por una docena de antorchas y al final de la misma se encontraba
su conocido, sentado en un gran trono – Qué perspicaz – le habló
sarcásticamente.
– No te burles – contestó el
saiyan, intentando aparentar confianza consigo mismo – El otro día no me
presenté debidamente. Me llamo Glova y vengo del Planeta Vegeta. Yo ya sé quién
eres tú, pero no sé cómo te llamas.
– ¡Glova! – exclamó la criatura –
Un ligero traspié tiene tu nombre y uno más grande el planeta nombrado como
aquel pequeño hombre.
– No me has respondido – insistió
Glova, ignorando lo que deducía que no podría entender.
– No tiene nombre real, y si
tuviera, no te lo va a dar – las rimas forzadas ponían de los nervios al joven,
pero también le hacían gracia – Pero le puedes llamar Khän – dijo pronunciando
la vocal de forma alargada.
– De acuerdo, Ka…Khän – continuó
el chaval – Cuéntame, ¿por qué dijiste que soy especial?
– No dijo eso.
– Dijo… dijiste que convocabas a
gente ¿Por qué a mí? Dijiste que pocas compañías eran de tu agrado ¿Por qué yo?
– Te lo dijo la última vez (y sus
repeticiones jamás llegan al número tres) que estás aquí porque existe un
destino que es elegido y otro que es traicionado. Porque, como Glacier en su
época, puedes tomar la mano redentora o la zarpa de la insaciable vida de la
multitud.
– Me has dejado igual – Glova no
entendía ni papa de lo que Khän explicaba – Puedo elegir entre un destino u
otro, ¿no? Eso quieres decir.
– Así es – bromeó Khän – Astuto.
– ¿Cómo ves tú el futuro? ¿Cómo
puedo fiarme de ti? – Glova testaba a su nuevo conocido. Le costaba creer aún
que aquel ser no fuera un mentiroso.
– Él no lo ve, lo siente en ti –
contestó Khän, calmado y con los ojos muy abiertos, como siempre – No puedes
confiar. Él no confía, él sabe y no erraría.
– Me cuesta entender lo que dices
– el saiyan pretendía sacarle información de algo que le interesara de verdad –
Háblame sobre ese demonio del frío ¿Cómo era?
– Blanco y violáceo, así de alto
– dijo señalando con la mano una estatura algo más alta que la suya – de
complexión robusta y de ojos rojos como la miel bañada por el atardecer.
– ¿Murió? – preguntó el crío, curioso.
– No está entre vosotros, pero no
fue asesinado – Khän hablaba mientras sacaba de su túnica una esfera de cristal
de color azulada – Atacó a un ser superior y este le venció.
Glova se interesó por la bola que
acababa de sacar de una manga donde era imposible que cupiera – ¿Qué es eso? –
preguntó mientras se acercaba.
– Su nombre es Blantir y sus
funciones son complejas. Tiene tantas como abejas una colmena.
– ¿Qué vas a hacer con ella?
– Preguntarte a ti y a las
estrellas – contestó Khän echando un vistazo al interior del cristal – Pero
parece que hoy no podrán hacerte mella.
– ¿Perdón? – la cara de Glova se
tornó desesperada, le costaba entender a su vecino.
– No contestarás.
– ¿Por qué? – no tenía demasiados
secretos que guardar, pensaba el muchacho.
– No conoces la respuesta – Khän escrutaba
a la esfera que parecía contener nubes en su interior – ¿Por qué destacas entre
los tuyos?
– No destaco entre los míos –
contestó Glova, extrañado – Soy un saiyan más. Pero pretendo ser de los más
fuertes de mi raza para proteger a mi familia.
– ¿Un saiyan más? – preguntó
Khän, sarcásticamente – Qué difícil. Tú no perteneces a esa familia, pero los
amas de verdad – decía el alienígena mientras miraba con ojos más abiertos aún
aquella bola grande – Eres más raro que él.
– Son mi familia porque mis
padres biológicos fueron unos traidores – dijo el muchacho con un tono algo más
serio – Y sin tener por qué hacerlo, dos familias de Tsufurs me acogieron, y lo
agradeceré durante toda mi vida.
– Quizás tu vida te pese más que
las de ellos juntos – dijo Khän.
– ¿Qué insinúas?
– Únicamente lo que debe insinuar
– rio Khän.
– No te tengo derecho a ser
egoísta con ellos. Viven como pueden y me dan lo que necesito, dentro de lo que
les ha tocado vivir.
– Cuéntale, Glova – Khän dirigió
su mirada penetrante hacia el saiyan – ¿Qué les ha tocado vivir?
– Pues… tras la conquista
saiyana, las pocas familias de tsufurs que viven pagan unos impuestos muy altos
y se encuentran bajo un trabajo explotador para beneficio del reino saiyano –
dijo Glova con semblante serio – Además, son ignorados por todos solo por ser
de una raza diferente.
– Ajá – respondió Khän - ¿Odias a
tu propia especie?
– Bueno, tanto como odiar…
digamos que sí. Los detesto porque son crueles, racistas y esclavistas –
respondió Glova, mirando al suelo – A veces me gustaría sacar a mi familia de
aquel planeta, pero supongo que algún día me convertirán en soldado, y entonces
podré protegerlos mejor.
– Ahora lo entiende – Khän
dirigió su mirada hacia la esfera y susurraba para sí, como si el pequeño ya no
estuviera delante – Los odiará a muerte… ¿Cómo lo están logrando?
– ¿Qué? ¿Qué has dicho?
– No… nada – Khän volvió a mirar
al chico - ¿Recuerdas cómo llegaste a este planeta?
– No, yo eztaba enfermo, débil e
inconsciente.
– Sí… te dolieron los ojos.
– Sí – concluyó el saiyan – ¿Cómo
lo sabes?
– Nunca los usaste – respondió
Khän, volviendo los ojos a la esfera.
– ¿Tú estás bien de la cabeza? –
le dijo Glova, como si hablara con un loco. Entonces rio – Pareces un tipo
raro, pero me caes bien en el fondo. Siento que sea la última vez que nos
veamos… creo – su rostro se entristeció – La semana que viene vuelvo a mi planeta
natal.
– Obvio – dijo Khän, sosteniendo
mejor lo que tenía en su regazo – Toma entonces esta piedra.
– ¡Crack! – de repente, Khän golpeó con su mano en forma de garra
la esfera de cristal y partió un pequeño trozo de ella, que se tornó rojo cual
rubí y se lo dio a Glova. El niño lo tomó. Era del tamaño de un anillo y pesaba
como una piedra de su tamaño.
– Un día antes de partir, ponte
esta piedra bajo la lengua, y no te la quites jamás – Khän hablaba con voz
nasal, pero grave – Si quieres contactar allá consigo, la piedra habrás de
usar.
– ¡Vaya! – se animó él –
¡Gracias! Ahora que me has dado esto, puedo irme sin más demora, mi maestro
confía en que estoy entrenando.
– Ve – le dijo Khän – Pero no
confíes; siente.
– Vale, Khän – alzó la voz el
saiyan mientras se alejaba corriendo por donde había venido – ¡Usaré la piedra!
– Que así sea – susurró Khän,
sentado en su trono mientras su mirada se perdía en aquella esfera
resquebrajada.
Glova voló lo más rápidamente
posible hasta el campamento. Cuando llegó, Lachi le estaba esperando con su scouter
puesto.
– ¿Cómo se te olvida el scouter,
Glova? – dijo seriamente.
– Lo siento – se disculpó – Salí
a toda velocidad y cuando me di cuenta, ya estaba bien lejos. De todas formas,
me aprendí el camino y no me he desperdiciado el tiempo.
– Bueno, de los errores se
aprende – concluyó Lachi – Que no se repita.
Glova asintió y miró sonriendo a
su tutor.
– Venga, vamos a cenar. Nasera
habrá terminado su trabajo diario y hoy nos toca preparar el puchero.
Al día siguiente, Glova estaba
menos animado que de costumbre. Faltaba un día para su regreso al Planeta
Vegeta y no quería volver.
– ¿Qué te pasa? – le preguntó
Nasera en la hora del desayuno – Pareces raro, más taciturno que de costumbre.
– ¿Eh? – balbuceó el crío. No
creía que se le notase – Nada. Es que… no he dormido muy bien.
– Bueno, mañana regresamos y
podrás dormir en la cama de siempre – le dijo Lachi.
– ¡Es cierto! – dijo Glova,
recordando a sus mejores amigos – Echo de menos a Cushdi y Dion. Espero que
estén bien.
De hecho, aunque no los había
olvidado, no los había echado de menos en todo aquel tiempo en Glasq. Acordarse
de ellos animó a Glova. Allí le esperaban sus amigos.
Nasera apartó la mirada de Glova
– Sí. Esperemos que estén bien.
Lachi, quien no estaba informado
acerca de la relación artificial y ficticia que tenía Glova con ambos hijos,
miró a Nasera descaradamente y siguió comiendo, como si no hubiese oído nada.
– ¿Por qué esta mujer no me
cuenta detalles tan importantes? – pensó el doctor mientras mordía una extraña
fruta – Hablaré con ella.
Glova, tras su entrenamiento
diario, fue a sentarse en uno de los árboles gigantes del desierto para poder
ver desde mayor altura todo el paisaje vegetal que rodeaba la zona del
campamento base. Le gustaba estar allí tranquilo, mientras el viento cálido mecía
sus negros cabellos.
– Glova – escuchó el muchacho,
proveniente de más abajo. Se asomó y vio a Lachi contemplándole desde el suelo.
Glova bajó de un salto y se
plantó delante del doctor – Dígame, maestro.
– Cuando era pequeño… - comenzó mientras
iniciaba un paseo y animaba al saiyan a que le acompañase – …mi padre me decía
que, para aprender en la vida, primero tenemos que reconocer nuestros errores y
enriquecernos con la experiencia obtenida.
Glova le miraba a la vez que
andaba en paralelo a su tutor.
– Una vez perdí a mis padres en la
conquista de los saiyanos. No se aprenden muchas cosas buenas de aquel tipo de
situaciones y no pienso perder a nadie más – fijó su mirada en los ojos
castaños del saiyan – Protege a mi hijo Dion mientras vivamos en estas
circunstancias.
– Sí – contestó el niño, cabizbajo.
Nunca le habían pedido eso,
aunque solía defender a sus amigos igualmente. Sin embargo, notaba que algo más
serio impregnaba las palabras de Lachi.
– Ahora vámonos a dormir, mañana
volvemos – sentenció el científico – Será un viaje largo.
Entonces Glova se animó, notaba
que estas pequeñas vacaciones (al menos, así las consideraba él) le habían
motivado mucho. Se sentía en plena forma y más vivo que nunca.
Así, cogió la piedra roja de
aquel bolsillo y, sin que su tutor pudiera verlo, se la puso bajo la lengua,
reconociendo cómo sola se adaptaba al paladar.
– Le protegeré sin temer a nada
ni a nadie – dijo Glova, devolviendo la mirada a la del científico.
– Así me gusta – dijo Lachi – Y
recuerda, a lo único que debes temer es a lo que puedes perder.
En verdad, el miedo que sentía
Lachi en esos momentos era casi nulo. Cierta e irónicamente, estaba convencido
de que ya no tenía nada más que perder.
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